jueves 1 de septiembre de 2011

EN TREN HACIA TRIESTE


He pensado que podía volver a escribir el diario. Y por eso lo estoy haciendo. Así de fácil. No lo he pensado en cualquier sitio. Pensar en cualquier sitio es demasiado fácil. Lo difícil es pensar en determinados lugares. Y yo lo he hecho en el café San Marco de Trieste. Y ahí sí que es difícil pensar. Lo fácil es pensar sentado en el bus, caminando hacia ningún lugar, apoyado en los muros. Lo difícil es pensar en un lugar espectacular, o mítico, o cargado de significado. Sentado en el café San Marco intento pensar. Qué difícil. Pero lo intento. Hago el esfuerzo una y otra vez. Al final casi lo consigo. Un poco, pero no mucho. Y lo poco que pienso es que podría volver a escribir en el diario. Lo pienso en el café San Marco. Tampoco es mucho pensar. Pero no estoy pensando sentado a cualquier mesa. No. Yo no soy de esos. No pienso en cualquier mesa. Para nada. Pienso sentado a la mesa de al lado de la que tiene reservada permanentemente Il Professore, como llama la encargada del café a Claudio Magris, cuando le comento la presencia del cartel de la exposición de Magris y Trieste que se ha realizado en el CCCB y que está pegado en una pared del mítico local. Y por eso la encargada me cuenta que en la exposición del CCCB se hizo una reproducción de la mesa donde se sienta Il professore. Querían llevarse la mesa real, pero son piezas originales, irrepetibles, realizadas por artesanos que ya no existen. Y no pueden moverse de su lugar original. Tampoco entendía muy bien la encargada del café el interés de llevarse una mesa a otro país. Ni ella, ni yo. En un país donde tienen a Tiziano, y a Veronesse, y a Bernini, y a Palladio, es extraño que lo que quieran es llevarse la mesa de un café. Ajá. Qué guay. Qué chuli. CCCB. Yo he estado allí y allí todo mola y es guay y hay que mirarlo con gafas de pasta para que te guste más. CCCB. Es escribirlo y me crecen gafas de pasta de las orejas. También vi allí una expo sobre Ballard. Pero la mejor fue una que hicieron sobre las películas de quinquis en la España de los 70. Ahí no pude ir. Y me quedé con ganas. Por reirme y eso. No lo sé, pero seguro que ya han hecho alguna sobre poesía y música rock. Supongo. Pero me desvío. Siempre me desvío. Ahí está mi naturaleza. Nacido para la dispersión.


Eso.



Lo mejor es comenzar por el principio. Y el principio es que yo estaba en el Lago Como. En el norte de Italia. Lo que pasó en Trieste es que fui a Trieste. Y así soy yo. Así me lo monto. Me voy al lago Como. Donde veranea George Clooney. A dormir en una habitación sobre el lago. Con un balcón a dos metros del agua del lago. Del lago Como dijo Sthendal que era el lugar más bello del mundo. Si lo dijo Sthendal será verdad. Y allí fui yo. Al lago Como. Pero no vi a George Clooney. Ni a la bellina que se afana. O se afanaba. O qué se yo. Nada. Vi el lago. Me senté en el balcón. Leí en el balcón. Miré el lago. Ni rastro de Clooney. Leí a Umberto Saba, poeta triestino, pero no decía nada de George Clooney. Ni de la bellina de Clooney. Después bajé por unas escaleras para ver cómo estaba el agua. Y me caí al lago. De culo. No me bañé en el lago. Me caí al lago. En uno de los pueblos del lago. De eso no decía nada Sthendal. Supongo que Sthendal no se cayó al lago de culo. Los grandes hombres nunca se caen de culo. En ninguna guía he leído: "El lago donde fulano se cayó de culo". Sí que he leído que Sthendal dijo en La cartuja de Parma que era el lugar más bello del mundo. Caerse de culo no está mal de vez en cuando. Te da una buena perspectiva de las cosas. La perspectiva del culo. Hace bastante honor a la realidad, todo sea dicho. La perspectiva del culo. Pero eso me define a la perfección: Alguien que se cae de culo en el lugar más bello del mundo.


Yo me he caído de culo en el lugar más bello del mundo.


Tú, no.


Ya lo he dicho.


Y después llegué a Trieste en tren. Y pensé lo del diario. Pero me adelanto porque disperso, y me disperso porque no sé dónde voy.




En Trieste me alojé en lo que parece ser el hotel donde se alojó Joyce. Hago esto consciente de lo absurdo de esta decisión. De lo ridículo de hacer algo así. Y me pregunto el porqué. Y concluyo que es más fácil dormir en la cama de Joyce que leer el Ulises de Joyce. O que volver a leer el Ulises de Joyce. Y que es tan irracional dormir en el hotel donde durmió Joyce como reproducir la mesa de un café para una exposición. Así que quién soy yo para decir nada. Bueno, pues eso. Llego a tren en Trieste leyendo La conciencia de Zeno de Svevo. Ahí es nada. Y eso lo hago con la conciencia de que molo mucho. Molo más que la mayoría. Entro en Trieste en tren, leyendo a Svevo. Y tú no. Yo, molo. Tú a lo mejor te estabas friendo en Madrid. Bebiendo cerveza en las fiestas de La Paloma, oliendo a gallinejas y a entresijos, sudando por todos los malditos poros de tu piel. Tú a lo mejor buscabas un rincón en Madrid donde hubiese sombra y tenías que meterte en la Fnac, que es el lugar con mejor temperatura de Madrid. El único lugar donde uno puede ser feliz en Madrid en el mes de agosto.



Pero yo estaba en el lago Como. Entraba en tren en Trieste.


El caso es que yo, tan absurdamente aferrado a ciertos rituales, quería entrar en el San Marco como es debido, con cierta elegancia. Nada de pantalones cortos, ni zapatillas deportivas, ni de gorras de los Yanquees compradas en Nueva York. Así que me puse mi pantalón preferido, mi más delicada camisa de verano, y mi aire petulante de entrar en el café San Marco.


Pero la vida no es así. La vida no se atiene a nuestros propósitos. Y al salir a la calle, en medio de la ola de calor que enciende a Italia en estos días, empapo la camisa hasta tal punto, que una anciana en mitad de la calle Carducci, se para frente a mí, y me increpa diciendo: "¿Vienes de Barcola de darte un baño?". Barcola es el lugar donde van a bañarse los Triestinos. Estoy avergonzado. Voy empapado, con la camisa pegada al cuerpo. Yo quería entrar elegante en el San Marco. Pero no solo no puedo entrar elegante, sino que voy a entrar empapado en sudor. No puedo hacer eso. No. No puedo ir por la ciudad de Umberto Saba, de Svevo, envuelto en sudor, con las axilas chorreando como fuentes barrocas. Sólo me falta el olor a gallinejas. No sé dónde está la Fnac para refrescarme. Y aquí parece que sólo sudo yo. Los triestinos no sudan. O van vestidos adecuadamente para el verano. No sé. Las dos cosas. Joder. Pero ya no se trata de entrar en el San Marco. Ya no se trata de eso. Estoy calado hasta los huesos. Troppo caldo. Demasiado calor, me dicen algunos triestinos con sonrisa de medio lado. Hijosdeputa. No os merecéis a Svevo, a Saba. A nadie. No os merecéis a nadie. Tengo que comprar una camiseta urgentemente. Pero no encuentro ninguna tienda cerca. Encuentro una tienda barata. Una tienda de camisetas baratas. De bragas baratas. De bisutería. Una tienda donde venden de todo. Y todo barato. Y nada es bonito. Y busco en montones de ropa y sólo encuentro una camiseta de mi talla. Pero es una camiseta de baloncesto. Una camiseta de la NBA, de los Lakers. Pero de los Lakers de hace años. Concretamente la camiseta de Magic Johnson. Un ídolo deportivo de mi adolescencia junto a Jordan. Magic y Jordan. Los dos ídolos deportivos de mi adolescencia. Pero ahora estoy en Trieste, camino del café San Marco, empapado. Y sólo Magic me puede salvar. La camiseta de Magic Johnson. Pero no puedo ir por las calles de Trieste con una camiseta de Magic Johnson. O puedo hacerlo. Pero no puedo ir con una camisa tan empapada. O puedo hacerlo, pero seré el entretenimiento de todo los ojos triestinos que se cruzan con los míos. Así que el empleado de la tienda, amablemente, antes incluso de decidir si comprar la camiseta, me ofrece una bolsa para que meta mi camisa chorreante, y me lleve puesta la camiseta de Magic Johnson. Y así lo hago. Salgo de la tienda, con mi camisa empapada en una bolsa, con la camiseta de Magic Johnson puesta. Mi camiseta de la NBA.


Ya sin sudar, ya recién cambiado, con las axilas al aire, me dirijo al café San Marco. Y lo hago con mi camiseta de la NBA. Y me siento. Y hablo con la encargada. Y entonces es cuando me cuenta lo de la exposición del CCCB y me cuenta donde se sienta
Il professore. Y me cuenta la vida de su histórico café. Y no quita la vista de mi camiseta de Magic Johnson. Y yo le digo: "Sí, es la camiseta de Magic Johnson". Y ella asiente sin comprender. Y yo le digo: "Tenía un tiro exterior insuperable Magic Johnson". Y ella vuelva a asentir, sin comprender. Y hablo de Svevo, de Saba, de Magris. Y después me siento en la mesa de al lado de Il Professore. Yo esperaba verlo, en su mesa, a Magris. Y a lo mejor pedir que me firmase Microcosmos. Pero seguramente al final no se lo pediría. Nunca soy capaz de hacer eso. Pero mucho menos en ese momento. Ya sí que no. No. Cómo podría acercarme a Il professore con mi camiseta de Magic Johnson y mis pantalones largos. Qué aspecto. Un loco. Eso es lo que parezco. Con mi camiseta de Magic Johnson, con mis pantalones largos. Que no aparezca. Por Dios. Eso es lo que pensaba. Que no aparezca Il professore. Que no me vea así. Qué horror. No puede ser. Así que me tomo mi espresso. Rápido. Apenas echando una rápida vista al mítico café. Y pago de modo apresurado. Y salgo corriendo. Y en la salida tropiezo con un hombre. Y pido perdón. Y lo veo. Y no lo creo. Y es él. Il professore. Magris. Joder. No me lo creo. Y yo me recompongo. Y le digo: "Scusi". Y me mira mi camiseta. Y la encargada nos mira a los dos. Y yo, nervioso, le llamo Claudio Magic, y me azoro, y le llamo Claudio Johnson, y no sé cómo seguir, y sigo diciendo Claudio Magic Johnson, y me quedo sin palabras, y él señala mi camiseta de la NBA y dice: "Magic Johnson". Y Magris sonríe. Y se quita una gorra que le cubre la cabeza. Y abre la mano. Y yo no entiendo su gesto. Y Magris quiere que choque la mano. Y choco la mano. Como dos jugadores de la NBA. Como Magic Johnson. Como Magris Johnson. Y salgo del café San Marco, casi corriendo. Y no me lo creo. Y no sé qué ha sucedido. Y no he dicho nada de Microcosmos, ni de El Danubio, ni de la cultura Mitteleuropea. Sólo he chocado la mano, con Magris, con mi camiseta de Magic Johnson, en el café San Marco, en Trieste, patria de Saba, de Svevo, con mi camiseta de Magic Johnson, ídolo de mi adolescencia, jugador célebre por su acierto en el tiro exterior y por tener SIDA. Jugador mágico en una época dorada de la NBA. Los años de Jordan, los últimos años de Larry Bird. Y pienso: Magic Johnson y Svevo.



Y salgo a la calle Battisti.


Y ahora sigo pensando en la calle, que es más fácil para mí.


Y pienso en lo que me ha sucedido. Y pienso que esto es lo que sucede cuando uno quiere rimar con los lugares, conjugarse con las ciudades que ama sin conocer, que la realidad viene con su afán por lo tragicómico, con su vendaval absurdo. Y eso es lo que pasa. Viene la realidad y te tira al lugar más bello del mundo. Viene la realidad y te obliga a entrar con la camiseta de Magic Johnson en el San Marco. Viene la realidad y te hace confundir a Magic Johnson con Claudio Magris. Y la vida es así. Y Trieste también. Y hay que sonreir con absoluta seriedad y continuar el camino.



Y después entré en la librería donde trabajó Saba. Pero no estaba Saba. Sólo estaba yo con mi camiseta de Magic Johnson perdido entre libros.



Y para terminar visito el castillo del Duino, donde Rilke comenzó a escribir sus "Elegìas de Duino". Donde Rilke escribió: "Todo ángel es terrible". Pues que se lo digan a Magic Johnson. Magic, todo ángel es terrible. No creo que Magic Johnson sea un lector de Rilke, o puede que sí, porque Magic es Magic, pero si lo hubiese leído, a lo mejor el verso le parecería tan bueno como un tiro desde la línea de tres puntos. O mejor.


Y en el San Marco volví a escribir en el diario.


Y eso es lo que quería decir.


12 comentarios:

  1. Muy bueno, Magic Dillinger. El otro día vi un documental sobre Petrovic y Divac, y salía Magic Johnson, hablando con Divac, como 20 años después de jugar juntos. Muy simpáticos, los dos.
    En Trieste yo solo estuve de paso, camino de Croacia (de donde era Petrovic). Solo recuerdo el viento (la bora) y una vespa del revés. Mi madre diría "hacía un aire..." y no acabaría la frase. Así que, yo, la próxima vez que vaya a Triste, me llevaré la camiseta de Jordan y un libro de Svevo.
    Me pregunto si en Como has leído a Plinio el joven (o el viejo). Yo tampoco encontré allí a George Clooney. Ni a Matthew Bellamy. Pero sí a unos amigos españoles, ya es casualidad. Mucho mejor.
    Saludos.

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  2. Pues no he leido a Plinio, ni en Como ni en ningún otro lugar. Tengo que hacerlo. No lo había pensado. En Como leí a Magris y a Saba. En Trieste añoré la bora, por el calor que hacía y que me empapó. Y yo en Croacia estuve hace unos meses. En unas islas. Parece ser para mí el año del Adriático.
    Saludos, querido Anónimo. Y bienvenido a esta nueva etapa del diario.
    D.

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  3. -Verdaderamente,esto es alcanzar la gloria-se habrá dicho Magris-Me leen hasta los tíos de la camiseta.

    En cuanto a tu honorable culo,querido Dillinger, te diré que tiene suerte de ir a dar a las aguas clooníferas de Como. A mí me sucedió en las escalinatas de la Real Academia, y eso sí que duele. Sólo lo presenciaron los ujieres, porque la academia y el público estaban escuchando al cantamisano de turno.

    Caí simbólica como un anacoluto o un solecismo. Qué horror.

    Me alegro de que retomes tu diario. Es el más entretenido de la red.

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  4. Un caída por las escalinatas de la Real Academia no está tampoco nada mal. Ja. Ja. Toda una declaración de intenciones bajar de culo y escalón a escalón tan Real espacio de las letras.

    Y yo siempre me alegro de que tú sigas estando por aquí. Gracias. Y saludos dillingerianos.

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  5. A mí las caídas de culo siempre me han hecho gracia, por eso supongo que me compré unos patines, aunque me sigue dando miedo caerme enfrente de alumnos y gente con mucho poder.

    Y el susto que da caerse de culo dentro del agua, un resbalón de esos de tragar cloro.

    Sólo eso que es un gustazo leerte de nuevo, Dillinger. Por ambos medios.

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  6. Un gustazo también, ser leido de nuevo por ti. Después de tiempo, y eso, y bla bla.

    Un abrazo desde Madrizzzzz, Pi.

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  7. Muy bueno. Se espera un otoño calentito. Algunos dicen que terrible, que estamos al borde del precipicio. Necesitaremos leer tu diario. Tenlo en cuenta.

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  8. Gracias Dun.

    Y lo tendré en cuenta. Y escribiré con más ganas que nunca.

    Un saludo.

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  9. Dillinger. Buena vuelta.

    Espero que sea para quedarte.

    "En tu ausencia he tratado de llenar los huecos de la bloggosfera con mis letras".

    Espero que te gusten. Mis letras, digo.

    www.piloskingdom.wordpress.com

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  10. Oye...qué muy bien esto de tu regreso.
    Echaba de menos leerte chico, un abrazo

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  11. Se agradecen sus palabras, Néstor y Madison.

    Ya les leeré a ambos estos días.

    Un placer estos encuentros y reencuentros.

    Un saludo.

    Dillinger.

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  12. Estimado Dillinger:

    Nos tratas muy mal. A tus seguidores, digo. No es que nos den bazofia, es que no haces pensar que vas a volver a escribir y luego nada. Lo peor no es tener nada, sino no saber a que atenernos. Dinos: olvidaros del blog, abandono. Y lo pasaremos mal, pero saldremos adelante. Pero no nos ofrezcas más entradas espaciadas en el tiempo, al modo de "remenbers", pues eso hace que sigamos enganchados.

    Saludos

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