lunes 7 de febrero de 2011

EL SUEÑO DE LOS ESCRITORES MUERTOS VIVIENTES 2 (BATMAN BEATNIK Y ROBIN COOL)


El hombre de las gafas lleva un gabán de cuero agitado por el viento. Alguien dice: “Parece un Batman bohemio. Un Batman Beatnik. Un superhéroe de sí mismo. Una superestrella rock”. Le acompaña un joven francés de pelo revuelto y mirada encendida. Alguien dice: “Parece el acompañante de Batman. Un Robin del Village. Un Robin de Williamsburg. Un Robin ebrio. Un Robin de las tabernas, un Robin parisino que huele a absenta y a opio y a vino dulce”. Nadie sabe quiénes son, tan solo intuyen que son dos zombis más, otros dos zombis que han aparecido en la ciudad, como ha ocurrido con otras personas, han salido de sus tumbas y ahora caminan por la calle. Cruzan la plaza de San Ildefonso y son dos zombis silenciosos, dos zombis de mirada altiva, dos zombis de gesto heroico y maldito. Dos hombres luminosos que salen de la oscuridad. Dos poetas ciegos y hermosos, que han regresado de la muerte para no sabemos qué.


Cada uno lleva un arma en la mano derecha. Una escopeta de cañones recortados. Avanzan por la calle ante la mirada atónita de los jóvenes que han salido por Malasaña. Observan y no saben lo que observan. Miran y no saben a quién miran.


Los hombres parecen dos tigres en llamas, dos muertos que brillan, dos ángeles armados.


¿Quiénes son esos dos tipos? ¿Quiénes son esos dos hombres que han regresado de la muerte, con sus largos gabanes, con sus miradas puestas en el horizonte, con una seriedad tan cómica, que caminan uno al lado del otro como dos fugitivos, dos superhéroes, dos estrellas del pop?




Alguien lo dice. Algún listillo. Un estudiante de literatura que pasaba por allí. Que salía de un bar. Que no tenía nada mejor que hacer. Dice: “Son Roberto Bolaño y Arthur Rimbaud”. Y tiene razón, tiene toda la razón del mundo, ha dado en el clavo, son ellos, ni más ni menos que ellos, ahí juntos, uno al lado del otro, como dos pistoleros, como dos héroes silenciosos, como Batman y Robin, son el zombi Bolaño y el zombi Rimbaud caminando por la calle Espíritu Santo. Desafían a los transeúntes con su mirada. Bolaño tiene un brillo intenso en las pupilas. Parece que hay un pájaro aleteando en su ojo izquierdo. Un pájaro que provoca frío, y miedo y algo más, calor, o excitación, o asco. Rimbaud va silbando una canción y mirando todo como si estuviese inventando el mundo con su mirada. Caminan entre la gente que les abre paso, que corea sus nombres ahora que sabe quiénes son. Parecen dos estrellas de la música. Parecen los putos amos. Parecen dos pistoleros. Se dirigen a algún lugar. Pero no sabemos cual es. Yo no lo sé.


Roberto habla con Arthur de estrategia militar, de literatura nazi, de Ciudad Juárez, de los Estados Unidos de América, de Mario Santiago, de grupos poéticos, de Nicanor Parra y de esto y de aquello y de estrellas distantes y de nada. Y Arthur habla de astros y de visiones y de fiebres y de África y de amor y de Verlaine y de la belleza que dura un instante, y de la muerte y de las palabras y de los disparos, y de como las unas y los otros se confunden en ocasiones. Arthur enamora a todos a su paso. Arthur está muerto, pero enamora a todos a su paso. Arthur está muerto, y está hablando con Roberto, pero se ha parado y se ha comprado un IPOD. Le gusta la música. Se lo ha llenado de canciones el IPOD. De canciones que molan. De canciones que recomienda el Rock de Luxe, el Ruta 66, y las revistas que molan. Arthur escucha a Artic Monkeys, escucha a Adam Green, escucha a Nick Drake. Pero su preferido es Daniel Johnston. Escucha sin parar a Daniel Johnston. Le encanta Daniel Johnston. Los dos tienen en común al diablo. Los dos tienen en común la locura y el genio. Y Arthur se detienen en alguna tienda. Arthur quiere modernizar sus harapos. Se para en varias tiendas de Fuencarral. Baja por Triball. Se compra un traje mod y unos All Star. Roberto espera paciente en la calle mientras fuma, mientras lee los libros que salen de sus bolsillos. Roberto lleva un gabán de cuero que parece robado a un militar de las SS. Su abrigo está lleno de libros de poemas. Roberto lee poetas latinoamericanos mientras Arthur compra ropa en Fuencarral. Roberto lee poemas franceses mientras vigila las puertas de las tiendas con su recortada para que nadie moleste a Arthur.



Arthur va todo guapo. Arthur lleva su escopeta. Roberto lleva su gabán de cuero forrado de poemas. Roberto lleva su escopeta. Caminan. Cruzan Malasaña. Bajan por San Bernando. Llegan hasta Gran Vía. Roberto se ríe. Arthur se ríe. Sus risas son profundas. A algunos les duelen. A otros les provoca frío. Algunas cámaras de televisión lo están grabando todo. Nadie sabe a quién quieren cargarse. No hablan. Sólo caminan. Iluminados por la calle, por los focos, por los ojos de la gente. Caminan como Jesús sobre las aguas. Avanzan. Van a matar a alguien. Nadie sabe a quién. La multitud les sigue. Les acompaña. Les cubren las espaldas, para que nada les suceda. Les han cogido cariño. Les arropan en silencio. Y eso que la gente ni siquiera sabe dónde se dirigen. A lo mejor no van a matar a nadie. A lo mejor todo es una suposición. Se cruzan con un escritor que les saluda. Un escritor que dice que ha salido en el Babelia. Ellos no hacen caso. Se ríen. Los dos se ríen. El escritor no comprende. El escritor les enseña el artículo del Babelia. Tiene su nombre subrayado en rojo. Eso es lo que les gusta a los escritores. Salir en los suplementos y ver su cara en los periódicos. Para eso escriben libros. El escritor no entiende. Y Arthur y Roberto se ríen porque están muertos y cuando estás muerto los suplementos literarios te importan una polla. Y dos. Y continúan su camino. Y eso es lo que pasa.


Después se detienen. Roberto y Arthur se detienen. Entran en el McDonald's de Gran Vía. Apartan a empujones a la gente que hace cola. Saltan el mostrador. Los empleados se apartan al ver los cañones de las armas. Arthur se acerca a uno de los micros. Agarra con fuerza el micrófono del McDonald's y recita sus poemas. La gente que está haciendo cola alucina. Lo flipa todo. Venían a por una hamburguesa y se encuentran esto. Sí. Roberto sonríe con una sonrisa a la que le falta más de un diente. Sonríe con una escopeta en una mano y con un ojo arrasado de lágrimas al escuchar a Arthur. Los poemas de Arthur. Poemas que Arthur se ha traído de la muerte. Todo alucinan. Todos flipan con Arthur. El poeta zombi, el poeta cabrón que recita sus poemas en el McDonald's. Sus poemas Big Mac. Sus poemas Cuatro de Libra con queso. Sus poemas basura. Sus poemas zombis. Todos aplauden a Arthur. Los chinos, los negros y las lesbianas. Todos. Aplauden. Al poeta en el McDonald´s.




Pero esta sólo era una pequeña parada en el camino de esta especie de Batman Beatnik y de Robin Cool. Hacen más. Y en todos los lugares Arthur recita sus poemas. Y en algunos también lo hace Roberto. Se van alternando. Uno en el Burger King, otro en el McDonald's. Uno en el Starbucks, otro en el Pans and Company. Con sus recortadas, con sus auras insólitas, con sus pisadas de fuego.


Y después siguen su camino.
Y después cruzan la Gran Vía.
Y la gente se pregunta a quién buscan. A quién van a matar.

Roberto se cruza con un chaval que está pintando una pared con un spray. Roberto se acerca a él. El chico corre, tiene miedo, pero Roberto no quiere hacerle daño. Sólo coge el spray. Escribe una frase en la pared. Después otra. Y otra. Son tres frases. La gente las lee. Algunos lloran al leerlas. Otros ríen. Una mujer da a luz allí mismo. Son un milagro las tres frases de Roberto. Provoca que las mujeres abran sus piernas, que la vida florezca en mitad del atasco y la contaminación. Maravilloso. Asqueroso. Glorioso.


Hacen una parada. Beben, bailan. Un tío ofrece MDMA a Arthur, pero él no necesita esa mierda para volar. Arthur baila, Roberto baila. Bailan canciones de Bowie y de Astrud. Arthur y Roberto. Son dos estrellas. Dos verdaderas estrellas. Con su gabán de cuero, con su traje mod. Con sus escopetas de cañón recortado. Todos aplauden. Todos corean. A todos les gusta ver cómo bailan “Modern Love”. A todos les gusta ver cómo bailan "Take me Out".




Y continuan caminando, escopeta de cañones recortados en mano. Caminan por Recoletos. Entran en la Biblioteca Nacional. Entran y no leen nada. Sólo se sitúan en el centro de la biblioteca y aspiran el aroma de los libros, el olor profundo del tiempo tatuado en las páginas de los libros, el perfume de millones de palabras reunidas. Con eso les basta. Con oler libros con sus pulmones muertos. Y después continúan su camino. Siguen por Castellana hacia arriba. Llegan hasta el Santiago Bernabeu. Pero ninguno de los dos es del Real Madrid. Los muertos no tienen equipo de fútbol. Me parece. No sé. Pero llegan al Bernabeu, con sus escopetas de cañones recortados, con sus libros de poemas, con sus ojos de otro mundo.


Se mueven rápido para ser muertos vivientes. Se mueven rápido y en silencio. Y cuando todo el público está en sus asientos, antes de que los jugadores salten al campo, antes de que comience el espectáculo, aparece cada uno de ellos en una portería. Arthur por una, Roberto por otra. Y se miran a los ojos. Como en un duelo. Porque es un duelo. Parece que suena música de Sergio Leone. Parece que suena un silbido. Parece que suenan los huesos de mil muertos al mismo tiempo. Nadie entiende el gesto. El duelo entre dos zombis. Los aficionados alucinan. Los presidentes de los equipos se miran sin comprender. Unos abuchean. Algunos tienen miedo. Otros quieren saltar al campo y acabar con esos dos seres patéticos. Hay que ver los gestos de los jugadores asomados. La cara de Casillas, la cara de Cristiano Ronaldo. Hay que verlo. Roberto y Arthur avanzan hasta el centro del campo. Como en un duelo. Es un duelo. Cuando uno da un paso el otro da otro paso. Y según avanzan, se van disparando. Y fallan todos sus disparos al principio. Pero después están más cerca y aciertan en una rodilla, en un hombro, en un antebrazo. Y cuando llegan al centro del campo se disparan en el estómago, en la polla, en una oreja. Y los espectadores miran atónitos. Los ultras, los padres con los niños, las adolescentes que han venido a venir a sus ídolos. No entienden nada. Y no sólo en el estadio. Porque es un partido televisado. Lo está viendo media España. Media España está viendo un duelo de dos zombis disparándose. Dos zombis acribillándose. Roberto y Arthur se disparan y ríen, porque no mueren, porque ningún cartucho acaba con ellos, porque están muertos, y mientras se disparan recitan un poema, un poema que se escucha por la megafonía del Bernabeu, un poema sobre disparos y muerte y pasión y literatura y amor y asco y todo eso, mientras se disparan todo eso, y se disparan sin parar, y el humo sale de su cuerpo como si fuese una calle de Nueva York, y ríen como si fuesen dos ángeles del infierno, y recitan el poema a dos voces, y la gente se queda en silencio. La gente se queda muda. Boquiabierta. Escucha. Mira. Y ellos ríen, se disparan, recitan, lloran, aúllan, gimen, ellos son dos poetas en ebullición, en erupción, delante de una multitud, delante de las cámaras de televisión que retransmiten todo.



La policía aparece en el campo para detener el espectáculo. Los policías salen corriendo de todos los rincones. Es una auténtica marea de polis. Increíble. Una marea inmensa solo para atrapar a dos zombis literarios. Y ellos, humeantes, corren delante de la policía que les persigue. Montones de policías, furgones de policía, policías a caballo, policías a pie, policías con perros, pero ellos son más rápidos y corren, corren a toda velocidad, con sus escopetas humeantes, con sus cuerpos humeantes, con sus cabezas gloriosas, y corren tanto que logran escapar, y escapan, casi volando, sobre los capós de los coches de la Castellana. Y después la gente les pierde la pista. Y los policías se miran sin saber. Y la noche cae de modo repentino y cinematográfico.




Y la gente quiere comprender y no comprende. Y la gente quiere saber lo que sucede, y no sabe.

Y Bolaño y Rimbaud se pierden hacia el horizonte, sus figuras cada vez son más pequeñas, sus figuras son dos puntos en la lejanía, dos insectos venidos de otro mundo que van en busca de algo que brilla, y que no tiene nombre, y que quema los ojos. Y recuerdan a dos buscadores de oro, y sólo ellos saben el camino extraño que pisan, y es por eso que se pierden camino de un lugar que los demás desconocemos, pero aún así amamos con un amor icomprensible, de un modo tan inmenso que se nos sale por las orejas, por los ojos, por los poros, por la maldita boca.


Y quizá algún día vuelvan, del mismo modo incomprensible que llegaron, para dejar su llama y su ceniza y su poema bailando en el aire.


Puede que así sea, pero no sé. No sé.


12 comentarios:

  1. es un placer tu vuelta, tanta que no sé qué decir

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  2. ...Maravilloso, brutal, fantástico, salvaje duelo...
    ...No me quedan sombreros, caballero, para quitarme...

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  3. Hace no tanto leí: enfermedad + literatura = literatura, en "El Gaucho insufrible", de tu Batman Beatnik.

    Roberto citaba a Rimbaud, a Baudelaire.

    En el hipotético caso de que ambos se levantaran de sus tumbas( no tan hipotético, viendo como está, hoy por hoy, el nivel de CO2 en los aires de Madrid) no creo que se liaran a tiros en el Bernabeu, antes se irían de putas.

    Todo lo que merece la pena ser escrito, o que está escrito y merece la pena, gira en torno a la muerte. Pero la eterna condenación al ostracismo no nos daría tanto miedo de haber llegado vírgenes a ella.

    Dillinger, please, ya que perturbas el descanso de zombies ilustres, déjales al menos hacer el amor.

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  4. Dillinger,

    Estoy sinceramente preocupado por haber llegado tarde, al ocaso de tu iniciativa bloggera.

    O eso me parece porque estás publicando con menos asiduidad y esta entrada tiene pocos comentarios.

    El último también es mío joder!

    Soy bastante desastre con la web 2.0. creo que hay mucha mierda y no dedico mucho tiempo a indagar espacios que me puedan interesar, etc.

    Pero buscando una foto de vilamatas llegué hasta aquí y, lo dicho, como no publicas, me he dedicado a leer las entradas antiguas.

    Y me gusta, me gusta tu rollito, tu tristeza intelectual-existencial, tu prosa, tu humor ácido.

    Quiero creer que has desaparecido del mapa porque estás enfrascado en una novela, un libro de relatos, un libro de poesías; un texto en papel que pueda comprarse en una librería (llegado el caso yo lo compraría).

    Si no es así, si en realidad has renunciado a seguir con esta ventanita al mundo que utilizabas como catársis porque estás hastiado del madriz idiota y crees que ya no merece la pena purificarse en internet porque en seguida vuelves a ensuciarte las manos, por favor, te animo a que retomes.

    Ser escritor es una cuestión de puro ego, escribes para que te lean.

    Me declaro uno de los incondicionales de este blog, como lo son muchos otros, si no es por tí, hazlo por nosotros Dillinger.

    Unha aperta.

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  5. Dillinger, hace un tiempo largo comenté algo sobre el sombrero de Pessoa. Un sombrero me he quitado yo, como dicen aquí arriba, cada vez que te he leído, cada vez que he recorrido tu doblar esquinas sin piedad. Tu arte del caminar sin aparente rumbo. Y cada vez que terminaba tus escritos he visto que había llegado a alguna parte después de ese peripatear las calles. Yo también iré a comprar tus escritos. No te quepa duda. A mi no me cabe duda de que lo haré, de que podré hacerlo.

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  6. Estimado Dilllinger:

    Siete meses, dos entradas. ¿Has cerrado este espacio o debemos seguir pasando de vez en cuando?

    Gracias por tu respuesta, y mucho éxito en tus otros proyectos, que seguro que los tienes.

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  7. Hola.

    Estoy en una larga pausa, más o menos forzada, por culpa del trabajo.

    Pero en un tiempo, más o menos breve, volveré con este espacio renovado, de modo más fiel y con más frecuencia.

    Gracias por todo a todos.

    Dillinger.

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  8. El día de Sant Jordi estaré solo dando vueltas por Barcelona. Si alguien no tiene nada que hacer que me dé el toque.
    Iré con mi chaqueta negra con cuello Mao, el día no merece menos

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  9. Detesto ponerme el traje de crítico, y en especial ser quien tire la primera piedra pue claramente sé no estoy libre de culpa.
    Sólo puedo decirte que tu anterior rebasó por mucho éste último relato que no alcanza la talla del Dillinger mítico al que podemos apreciar en la grandeza que caracterizan la mayoría de sus entradas.
    Esto más bien ha quedado en triste mescolanza de géneros de corte adolescente con otros post modernos y el comic, y aunque se nota el esfuerzo de despegar el vuelo queda en caricatura.
    Hay que salir de la resaca.
    Sabemos que tienes mejores golpes.

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  10. Leo y releo lo escrito. Las palabras perdieron el sentido
    Sufro síndrome de abstinencia.
    Escribe por favor.

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  11. Qué divertido, Dillinger. Aúpa esa pareja de fuego.

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