Yo también debo ser todo lo que he comprado y he tenido conmigo. La vida de mis objetos. Pienso en eso. La vida de mi ropa. De mis complementos. La lección de Perec. Escribir sobre lo que no tiene interés, sobre lo insignificante. Pienso en los objetos que han pasado por mi vida. Pienso en las gafas.

Estoy pensando en todas las gafas que he tenido a lo largo de mi vida. En sexto curso me pusieron gafas por primera vez. Unas gafas de pasta, grandes, que me ocultaban la cara. Gafas que acabaron por decorarse caóticamente de trozos de celo y cola de pegamento. Gafas que eran como un imán para los balones de fútbol, y que siempre se me caían o salían volando para romperse en mil pedazos. Eso, que puede parecer insustancial e insignificante, es un giro brutal en la vida de cualquiera. En la mía lo fue. Las gafas crean ya una distancia entre el rostro de uno y el mundo. Las gafas eliminan la visión borrosa y te otorgan una visión de la realidad definida, nítida, delicadamente perfilada. Pero no tenía claro que la vida vista con gafas fuese la más real. La vida anterior, la vida antes de las gafas, la vida borrosa, se ajustaba más a mi idea de la vida. Sin duda. Se ajusta. Una mirada desvaída, difuminada. Después vinieron muchas más gafas. Gafas de metal, redondas, doradas, de pasta. Pero esa es otra historia. Todo es otra historia. Sólo quiero hablar de mis gafas. Nada más. Qué poco.
Con cada una de las gafas que me puse, vi la vida de modo diferente.

Quiero escribir un libro que se lleve por título Mi vida con gafas. Quiero escribir cientos de libros que no escribiré. Vivo permanentemente en proyecto. Ese es mi estado natural. La acumulación de bocetos dibuja mi verdadero rostro. Ya he aprendido eso. Tampoco es poco. Es como el alcohol. Cada borrachera es una promesa de felicidad. Cada proyecto es una promesa de una obra que no llega. Pero no es frustrante. No. Es un estado diferente. Es una manera de vivir con la mirada puesta en un horizonte que siempre será horizonte. Pero yo decía que sólo hablaría de mis gafas. Y eso voy a hacer.
Me alegro de tener problemas de visión. Los miopes pueden ver el mundo en opción nítido o en opción borroso. Y eso es algo que le está vedado a los que no tienen problemas de visión. O mejor diríamos: los que no tienen problemas de visión son los que realmente tienen problemas de visión. Del mismo modo que podemos decir que los que nunca han tenido problemas sentimentales son los que más problemas sentimentales tienen. Aunque he llevado lentillas la mayoría del tiempo desde hace años, sé que las gafas, como la procesión, van por dentro. Yo, antes de nada, soy un hombre con gafas. Igual que hay otros que principalmente son hombres con paraguas, hombres con sombrero u hombres con botas de piel de serpiente.

Miré Nueva York con gafas, miré Nueva York con lentillas y miré Nueva York con los ojos desnudos, y cada una era una ciudad diferente. Miré Nueva York desde la ventana, al despertar, con ojos desnudos y miopes, y la ciudad me mostró sus colores sin forma, sus edificios sin contornos, su diluido corazón. Y era otra ciudad.
Mi vida con gafas es la historia de mis ojos. La historia de lo que he visto. De lo que me quedó por ver. De lo que veré. De lo que nunca veré.
Las gafas de Jarvis Cooker.
Las gafas de Joyce.
Las gafas de los hombres sin gafas.
Lo bueno de los gafas es lo mismo que lo bueno de fumar, uno siempre tiene algo que hacer: subir las gafas, quitarse las gafas, acariciar sus patillas, etc… Las gafas, como el cigarrillo, son un apoyo. Algo para sostenerse, para no caer. Algo a lo que aferrarse en el circo del vacío. Como un equilibrista. O algo así.

Pienso en todas las gafas que han pasado por mi vida. Debería haberlas guardado. Tener un cajón para las gafas antiguas, así ahora podría ponerme cada una de esas gafas y saber cómo he mirado en cada una de las épocas de mi vida. Cómo miraba a los quince, a los veinte, a los veinticinco, a los treinta. Cómo miré y en qué ha cambiado mi mirada. Si ahora tuviera un cajón con todas mis gafas sabría de qué modo miré a la primera chica que besé. Sabría con qué ojos leí El libro del amor de Nizar Kabani. Sabría con qué ojos lloré en Berlín y con qué ojos sonreí en Italia. Si tuviera ese cajón con todas las gafas de mi vida todo sería diferente. Me conocería a la perfección. Sabría todos los ojos que hay en mis ojos. Todas las miradas que fui y que soy. Si tuviera un cajón para las gafas. Pero no lo tengo. Tengo, eso sí, un teclado de ordenador en el que escribir para intentar mirar con todas las miradas que escondo.
Hay gafas que me caen bien y gafas que me caen mal. Las gafas de Woody Allen me caen bien. He oído o leído, no recuerdo, que es habitual que a la escultura de Woody Allen que hay en Oviedo, le rompan o le roben las gafas. ¿Para qué quieren los vándalos las gafas de Woody Allen? ¿Querrán que mirándolo así, con las gafas del cineasta, verán un mundo mejor?
De las gafas que me caen mal prefiero no hablar.

Yo soy yo y mis circunstancias. Pero sobre todo yo soy yo y mis gafas. Las gafas con las que miro el mundo. Las gafas con las que leo Los domingos de Jean Dezert.
Me gustaría ponerme las gafas de Joyce. Pasear por Dublín con las gafas de Joyce. Entrar en el Trinity College con las gafas de Joyce. Tomarme una pinta de cerveza con las gafas de Joyce. Pasear por Dublín con las gafas de Joyce tiene que estar bien. ¿Qué habrá sido de las gafas de Joyce? Ya me pregunté hace tiempo qué habrá sido del sombrero de Pessoa y ahora me preguntó por las gafas de Joyce. ¿Qué se hace con las gafas de los muertos? ¿Cómo se ve el mundo con las gafas de los genios?

Si tuviera en casa un cajón con las gafas de los grandes genios de la literatura quizá el mundo sería otro para mí. Pero en cierto modo lo tengo. Los libros. Los libros eran sus gafas. O mejor sería decir que su prosa eran sus gafas. Los ojos con los que miraban el mundo. No sé.
Tengo un proyecto. Porque yo sólo tengo proyectos. Y estoy resignado a que nunca tendré una obra cerrada. Sólo apuntes. Papeles dispersos. Una obra difuminada como la vida sin gafas. Creo que así soy. Me gusta la idea. La falta de conclusión quizá sea mi rasgo más destacable. Pues eso, que tengo un proyecto. El proyecto consiste en un recuento, en una recopilación de todo lo que ha pasado por mi vida. Sombreros comprados en Manhattan, gafas que han conocido mis ojos, marca páginas que guardo en una vieja caja, camisetas traídas de Londres, botas que me llevan al primer beso, americanas compradas en mercados de segunda mano, sillas que han aguantado mi culo durante noches de lectura, mesas en las que he comido y camas en las que no he dormido. En fin, toda la chatarra que algún día será mi vida. Todo eso, que un día será basura, es mi verdadera vida. Porque han sido mi vida. Mi vida verdadera. Todo aquello que tiene mi humilde huella, o mi vanidosa huella, o que ha sido tocado y atravesado por mis dedos. Todo aquello que ya soy yo, porque ha participado de manera activa en mi vida. Porque yo soy mi mejor material, porque todo lo que ha pasado por mi vida en mi material, porque no tengo capacidad de abstracción y porque no sé mirar más allá de mis narices, y de nariz ando sobrado. O aquellas botas con las que caminaba hace ya quince años, en un día como el de hoy, tan diferente. ¿En qué se habrán convertido ahora esas botas? ¿Qué fue de ellas? ¿Cómo podemos dejar que los la ropa, los objetos, las cosas en general, pasen así, tan desapercibidas en nuestra vida?
Botas para huir de casa y para volver a casa. ¿Qué habrá sido de esas botas? Habrán acabado en la basura. Habrán servido para construir otra cosa. Otro objeto. Objetos que llenan nuestra vida. Botas que nos llevan del final de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a un camino sin señalizar.
Los objetos de mi vida como un modo de autobiografía. Mi autobiografía a través de todos los objetos de mi vida. Me gusta eso. Pero lo más seguro es que no lo haga, me pierda en el tráfago de los días y lo olvide, como todo lo demás, y me pierda y me vuelva a encontrar y me vuelva a perder y me encuentre de nuevo y todo comience de nuevo o termine de algún modo brusco cuando ni siquiera sepa ya de que estoy hablando.
Para terminar, he decir que yo creo que Dios no usa gafas. Y que así nos va. Porque yo más que no creer en Dios, en quien no creo es en sus gafas. En las gafas que no lleva.
Todo esto es tan sumamente insignificante que algún valor tendrá. Digo yo. Cada vez tengo más fe en lo insignificante. Por algo será.
Yo las llevo desde hace unos años, sobre todo para leer y escribir. Eso que llaman presbicia, aunque donde esté lo de "vista cansada...".
ResponderSuprimirMucho más poético, dónde va a parar.
Eso sí; las pierdo si no diez, veinte veces al día.
Mi vocabulario se ha ¿enriquecido? con la consabida expresión "¿dónde estarán las putas gafas?
Pdta: Me encantan las mujeres con gafas.
Un abrazo.
Elías
Yo tengo las de supermán todavía para leer, y disfrutolas bien.
ResponderSuprimirYo soy una mujer con gafas. Con gafas de miope desde 7º de EGB. Joder, ya no existe la EGB. Lo intenté con las lentillas, pero todo el mundo dijo que ya tenía cara de mujer con gafas. Así que volví a ellas. Cuando me las quito, me siento desnuda. Desnuda de alma, quiero decir. Una se siente más expuesta desnuda de alma que de ropa. Es extraño.
ResponderSuprimirTus post tardan en aparecer, pero quedan grabados a fuego precisamente en el alma. Para mí sería un desastre que dejaras de escribirlos. No encuentro nada remotamente parecido en toda la blogosfera (¿se escribe así?), pero tampoco hace falta. Es como llegar a casa y oír por fin unas palabras insignificantes llenas de significado. Quitarse las gafas en la cama, ver todo nítido a quince centímetros y descansar por fin.
Como siempre, enhorabuena.
No, nada de dejarlo. Sigue escribiendo. Lo haces francamente bien.
ResponderSuprimirun saludo
Desde que tengo verdaderamente conciencia, recuerdo haber usado Gafas. Y desde Chica me gusto ser diferente a los demas. Creo que entiendo re bien tu postura ante la vida mirandola atraves de tus gafas.
ResponderSuprimirYo igual he perdido, maltratado, quebrado, contorcionado y otros ados, a mis gafas. Tampoco nunca las guarde y si las comeinzo a contar llego facilmente a 30 pares.
En una cosa me senti muy identificada, Me encanta ver el mundo con y sin mis gafas. La diferencia es tan grande que en muchos puntos me han inspirado, sobre todo en la pintura.
Con respecto a lo de vivir en eternos proyectos que nunca suelen concretisarse, pues somos dos. Y Sin esos malditos proyectos la verdad mi vida estaria vacia de vacia.
Me gusto leerte, senti leerme =)
Otras espléndidas gafas fueron las de Roberto Bolaño. Y tampoco tiene una obra cerrada, sino toda una poética de la inconclusión. O quizás tus lentes se parezcan a las de Pessoa, que dejó sin terminar ese proyecto maravilloso y terrorífico que es el libro del desasosiego. Me gustó la entrada.
ResponderSuprimirjoder, joder, joder.
ResponderSuprimirprecisamente hoy pensaba y decia en voz alta a R y R que a mi me regalaron la ruleta de la moda la primera vez que me pusieron gafas, a los 9 años, justo antes de la comunión - qué pena, recuerdo que decía mi madre, no poder salir en las fotos sin gafas - y yo recuerdo que pensaba que no entendía por qué era una pena. Esas gafas eran de harry potter pero doradas. Las primer primerisimas, de una optica de la plaza mayor que para mi entonces, era como ser rica. Comprarme una cosa en la plaza mayor. Guau. Y esas duraban! Bua, cuánto me duraron esas gafas.
Las segundas no me gustaban nada pero iban a la moda, la moda de los ochenta claro que no me gustaba entonces ni me gusta ahora: rosas, de pasta gorda. Todavía vomito solo de pensarlo. Y luego de colegio Degrassi, con esas te conocí, claro, Dillinger.
Ahora que lo pienso estoy casi segura de que me puedo acordar de todas mis gafas, qué dechado de memoria/s. Pero no te aburro, ni me aburro que ya es tarde y pueden salir los lobos.
ooops. me parece que me he equivocado de entrada. en cualquier caso te mando el ensayo luego. je je
ResponderSuprimirMe pongo mis gafas de pasta para leer todos vuestros comentarios. Y me hacen feliz. Y os lo agradezco. El modo en el que siempre estáis ahí. Leyendo. Con vuestras gafas o con vuestros ojos.
ResponderSuprimirUn abrazo con gafas.
Pi, ya lei el comentario en la entrada anterior. Te equivocaste, je, je. Espero ese ensayo con con avidez.
ResponderSuprimirTodos los objetos (sus historias). Y ver el mundo con la mirada desenfocada. O convertirse en otro alguien. En las gafas.
ResponderSuprimir(Fascinante post).
Saludos Señorita Emily Roberts, bienvenida es al Diario de Dillinger. Estuve por su interesante blog. Nos vemos aquí y allí. En los posts.
ResponderSuprimirSaludos.
NOS HEMOS VUELTO LOCOS ¿O QUÉ? ¿QUÉ COJONES ES ÉSO DE LOS PURITOS EN LA BOCA, LA CONVERSIÓN DE MARX A LA POLICÍA? SI DESDE EL PRINCIPIO ESTAMOS HABLANDO DE TRAVESTISMO, BURLA, AMANECER DE RISA, ¿CÓMO NO SE ENTIENDE QUE TODOS ESTOS PERSONAJES DE ESTOS DÍAS ATRÁS SON MEROS DISFRACES, EXACTOS DISFRACES DE TODO LO QUE HAY POR CRITICAR? LA DERECHA... ¡VENGA, HOMBRE!¡QUÉ BANALIDAD! EL LIBRO... REBELIÓN... EL LIBRO. QUÉ CORTOS DE VISIÓN ANDAMOS: TODO ES BRAZO DE IZQUIERDA.
ResponderSuprimir"El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule, yo, no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior. ese vagar sin rumbo por nuestra "MAYÚSCULA AMÉRICA" me ha cambiado más de lo que creí."
Ernesto Guevara de la serna.
eres un crack
ResponderSuprimircomo unas gafas que se rompen o arreglar unas gafas con cinta adhesiva o como aquel día (también en sexto de EGB) en el que me pusieron gafas y me di cuenta por primera vez (lo había olvidado ya) que las hojas de los árboles se distinguen
las gafas, qué temazo más fascinante:
ResponderSuprimirventanas al mundo que a veces desenfocan la realidad, que se empañan, se rompen y las arreglas con cinta adhesiva, el lugar en el que esconderse cuando estás ante un público, la vez que se te cayeron porque corrías en libertad, o cuando te las quitaste para una foto
a mí también me las pusieron a los doce años y fue como si a los árboles le hubiesen puesto hojas de repente: sobrecogedor.
Hola, como estas ???
ResponderSuprimirPermiteme presentarme soy Romina administradora de un directorio de blogs y webs, visité tu página y me parece un exito, me encantaría contar con tu site en mi sitio web y asi mis visitas puedan visitarlo tambien.
Si estas de acuerdo no dudes en escribirme
Exitos con tu página.
Un beso
rominadiazs@hotmail.com
si te atreves a mandarme tu direccion, a lo mejor hacia tu cumple, Dillinger, te llega una antologia del copon (joder, este almodovar me ha arruinado esta palabra porque cada vez que la digo -'antologia'- escucho a Chus Lampreave en 'La Flor de mi Secreto'). Jar. Ya le vale.
ResponderSuprimirDillinger he leido solo dos cosas tuyas (¿como las llamás? ¿textos, notas, cuentos, historias? a mi personalmente, me cuesta mucho definir lo que escribo...): "Del arte de leer con la nariz", y "Mi vida con gafas"; muy buenas las dos; me gusta como escribis, parece que lo haces hace mucho, y que aunque insignificante cada uno de nosotros, siempre se progresa en este terreno, que quizá valga la analogía, escribir es como ponerse gafas de diversos tipos; porque ayuda a ver de otro modo el mundo, a vivirlo y sentirlo diferente; uno mismo se concibe cambiante, transitorio, todo y nada a la vez, y a través de la expresión ascienden partes que uno mismo no poseía (el fantástico enigma del pensamiento, que a cada paso que dá progresa hacia nuevas conexiones de significado).
ResponderSuprimirY eso de dejar los proyectos, y retomarlos, y dejarlos, debe ser algo que a todos nos pasa, pero en definitiva ¿qué será lo que impide, eso que imaginamos tan enrome, insuperable o acaso, solo para grandes hombres, que logremos expresarnos como queremos? una persona de veinte años ¿ya no tiene una vida para hablar de ella? el arte estaría, parece, en otro lado; pero tú lo haces bien, asique no sigo hablando para no resultar aburridamente autobiográfico; felicitaciónes, y continúa dispensandonos textos.
Dillinger, amigo, empiezo a preocuparme: yo también llevo gafas e interrogo esa relación con frecuencia.
ResponderSuprimirLas gafas, el sombrero, el año de nacimiento,
¿vamos a ser gemelos?
un abrazo
Espero tengas la madurez de no estar solamente dispuesto a recibir aplausos. Ésta disertación sobre las gafas ciertamente que se aleja de tu habitual brillantez. Yo he llegado aquí a leer cosas trascedentales de altura literaria, pero ésto de las gafas debes reconocer que te dejaste atrapar por comentar sin la fuerza habitual. A todos nos pasa que se nos vá el momento de decidir que algo no es valedero de que los demás lo lean y queda en el archivo de la charla ociosa. Seguiré leyéndote. Sé que volverá el Dillinger íntegro.
ResponderSuprimirSaludos a todos, Rafa, Pi, Franciso, Stalker, Carlos.
ResponderSuprimirDesgraciadamente para mí, Carlos, he de decir que creo que estoy de acuerdo contigo.
Saludos.
Yo encontré las gafas de Dios y no pienso quitármelas, también tengo mucha fe, sí, también, cada vez más, en lo insignificante.
ResponderSuprimirDillinger, con gafas, sin ellas, esbozos, proyectos desde lo incompleto hasta dónde sea menos hacia la nada.
Me ha gustado mucho, un saludo!
ResponderSuprimirGracias, Madame.
ResponderSuprimirGracias, Linda.
Gracias, todos.
DILLINGER.
¿Por qué no lees más y dejas de contaminar la red con tus posts de 5000 palabras? Cada día que pasa tengo más claro que los blogs tienen éxito porque sirven para reforzar los pequeños y ruines egos de personas mediocres e insignificantes que no pueden asumir que no nacieron para ser napoleón, es lo que yo llamo el síndrome sorel. Los blogs los financia el ministerio de sanidad para evitar que la tasa de suicidios se multiplique exponencialmente. Si tienes baja autoestima, cómprate un perro que mueva el rabo y que te lama a todas horas llenándote de babas infectadas de microbios.
ResponderSuprimirQuerido Anónimo,
ResponderSuprimirtengo moderación de comentarios y había pensado borrar el tuyo, siguiendo tu consejo de no contaminar la red con más palabras. Pero después pensé que no había razón para ello. Si alguien se toma la molestia y el tiempo de escribir un comentario como el tuyo para comentar que soy mediocre, insignificante y de ego ruín, qué menos que subirlo al blog para que puedas compartir tu opinión con todos, aunque evidentemente a ti no te importa, pues por lo que se desprende de tu comentario tu ego no es mediocre ni ruín, . Además lo del perro y las babas con microbios me ha parecido bastante gracioso. En serio, me he reído. Un saludo.