jueves 5 de noviembre de 2009

ESA COSA RARA QUE SE LLAMA ESCRIBIR


Escribir para abrir un agujero en una pared. Como si tuviésemos un taladro entre las manos. Un agujero en la pared. Un agujero por el que mirar el mundo. Escribir para abrir una puerta en el muro, como en la historia de H.G Wells, La puerta en el muro. Escribir para mirar a través del muro. Para abrir esa puerta. Para ver ese jardín detrás del muro.


Escribir con las manos encendidas y con el cerebro apagado.


Escribir sobre lo que dijo Perec. El gran Perec. Perec que tenía el pelo como Krusty el payaso. Perec que tenía el pelo como Punset. Perec que tenía el pelo como Doc de Regreso al futuro. Es curioso, porque los dos, Perec y Doc, construyeron máquinas para viajar al pasado. Doc, una máquina del tiempo en un coche De Lorean. Perec escribiendo sus Me acuerdo. Yo me acuerdo de Regreso al futuro. Me acuerdo de Michael J. Fox. Me acuerdo de Perec. De lo que escribió Perec en Especies de espacios. Me acuerdo.

"Obligarse a escribir sobre lo que no tiene interés, lo que es más evidente, lo más común, lo más apagado."


Eso es lo que yo llamo una lección.



Y también otro párrafo, del mismo libro. Infinito libro. Maravilla editada en España por la editorial Montesinos. Gracias, Montesinos.


"El mundo, no ya como un recorrido que hay que volver a hacer sin parar, no como una carrera sin fin, un desafío que siempre hay que aceptar, no como el único pretexto de una acumulación desesperante, ni como ilusión de una conquista, sino como recuperación de un sentido, percepción de una escritura terrestre, de una geografía de la que habíamos olvidado que somos autores."


Escribir en las paredes de casa y escribir en los troncos de los árboles. Como amantes que quieren dejar una huella de lo que les resulta impronunciable.


Escribir con un abecedario inventado.


Escribir con las manos en el fuego. Escribir con el fuego y con la furia.


Escribir desde el amor y desde el asco.


No sólo escribir. También soñar con escribir.


Escribir del mismo modo que juega Leo Messi, con el balón pegado a la bota sin dejar de avanzar. Con las palabras pegadas a las manos, pero sin dejar de avanzar.


Escribir para Dios y para el Diablo.


Escribir como dijo Clarice Lispector.


"Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días."




Escribir, sobre todo, lo que hay entre las palabras. Escribir, sobre todo, lo que hay detrás de las palabras. Lo que hay debajo. Lo que hay encima. Lo que hay en el centro de la O y lo que hay entre el punto y la I.


Escribir con la ilusión de que algo se puede decir. Ja.


Escribir para alabar la belleza y para crear nuevas formas de belleza.


Escribir sin pontificar. Sin dar sermones. Sin solemnidad. Escribir sin talibanismos literarios. Sin hacerse el listo. Sin mirar por encima del hombro al que lee. Escribir mirando a los ojos.


No escribir para molar. Escribir para no molar.


Escribir, porque como Oliverio Girondo no tenemos una personalidad. "Yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades". Escribir para que cada una de nuestras personalidades pueda tener su voz. Escribir para que cada uno de los que nos habitan puedan salir a la vida.


Escribir con la baba, con el sudor, con la sangre y con el semen.

Escribir con las lágrimas, con la risa, con el humo y con el alcohol.




Escribir atentos a lo que la vida escribe, como aquello que dijo Marguerite Duras.


“Todo escribe a nuestro alrededor, es lo que hay que llegar a percibir. Todo escribe”.


Escribir con el músculo.


Escribir como quien sube a un ring.


No escribir para impresionar.


Escribir como quien arroja una piedra a un lago. Esperando que se formen círculos concéntricos.


Escribir mensajes en botellas y lanzarlas al mar. Escribir para todos los náufragos que agonizan en sus propias islas.


Escribir para sobrevivir. Eso es lo que quería decir. Escribir para sobrevivir.


Escribir como aquello que decía Ángel González. Sin esperanza, con convencimiento.


Escribir como una forma de oración.


Escribir en los cuerpos. Y después arrepentirse de lo escrito y no poder borrarlo porque está escrito en la piel. Valentía de la escritura en el cuerpo. Osadía de la escritura en la carne.


Escribir sabiendo que se trata de una enfermedad incurable. El cáncer de la escritura.


Escribir como dicen que escribía Bolaño, de ese modo febril. Que olvidaba ir al médico. Que olvidaba comer. Escribir como dicen que escribía Balzac. Catorce horas a base de café sin levantarse de la silla.


Escribir sin pensar en los daños colaterales. Escribir a pesar de las consecuencias.




Escribir como lo que dice Vila-Matas en Dietario Voluble.

"Uno no empieza a tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir. En ocasiones lo que quiere decir es que el silencio que viene del techo es un silencio diferente, no un silencio ahogado, no el silencio del vacío, sino el silencio de lo que está lleno, por no decir repleto"




Escribir como un pirómano, no como un bombero.


Escribir para no olvidar. Escribir para olvidar.


Escribir sin paracaídas.


Escribir como canta Nick Drake. Poor Boy.


Escribir como esculpía Juan Muñoz.


Escribir como mira Wong Kar-wai.


Con ese asombro.


De ese modo impronunciable.


Escribir así.


O de otro modo.


jueves 29 de octubre de 2009

MUDANZA



Desde la mudanza vivo obsesionado con las casas.



Pienso en algunas de las casas en las que he vivido. Pienso en algunas coincidencias.


En las dos últimas casas he vivido al lado de colegios. Oigo la voz de los niños. La voz de los niños entra por la ventana de la casa. Me llevo la voz de los niños de una casa a otra. Eso parece. Lo que esconde eso ya no lo sé. Algún día lo sabré. Eso espero.

En la casa de mi infancia se oía el silbido de los trenes. Siempre, en la cama, si dejaba la ventana abierta, oía cómo se alejaban los trenes. Cómo se alejaban los trenes y cómo yo me quedaba en el mismo lugar. Dormía con el sonido de los trenes. Parecía que los trenes se llevaban mis sueños a lugares lejanos. O algo así de cursi. Eso es lo que pasaba cuando era un chaval. Fantaseaba muchas noches con los viajeros que yo no conocía. Imaginaba sus caras, sus vidas, sus trajes, sus aventuras. Quería ser uno de ellos. No quería tener que levantarme al día siguiente para ir al insituto. Quería estar en el interior de uno de esos trenes que se llevaban mis sueños a lugares lejanos. Eso quería yo. Algo mejor que lo que parecía que nos esperaba en aquel lugar a todos los que estábamos en aquel lugar. Pero estaba hablando de casas.






Recuerdo una casa familiar. En un pueblo. Recuerdo los gatos en los tejados y los ladridos de los perros mordiendo la noche. La noche era verdadera noche. La noche era otra noche que la noche de la ciudad. La noche era aterradora y no tenía sirenas de policía.

Una casa es un barco anclado.

Pienso en los diarios que he llevado durante todos estos años. En la cantidad de diarios. En la obsesión que me provoca escribir en el diario. En el oxígeno que me da. En que casi mi único trabajo literario se centra en escribir en el diario. Y en que es curioso cómo le he encontrado una salida en la Red a tanto papel. Cada casa tiene su propio diario. Algún día tendré que clasificar diarios dispersos. Pero hoy no. Hoy estoy cansado. Hay días así, que uno siente un cansancio así, que no es físico, es un cansancio como de días vividos y de días por vivir, un cansancio que viene de pensar que todo esfuerzo es inútil, que toda palabra escrita es añadir confusión a la confusión. Pero aún así uno sigue escribiendo, deambulando, con su cansancio a cuestas, como dándolo todo ya por perdido, pero siguiendo con la actividad por una especie de inercia que no sabe de dónde viene. Bueno, no sé. Qué más da. Hablábamos de casas.







Nunca he vivido en una casita de chocolate.
Nunca he vivido en un torreón, como Gómez de la Serna
Nunca he tenido una casa que no sea una casa de alquiler.
Nunca he vivido al lado del mar.
Nunca he vivido en una casa en la que no haya escrito.
Nunca he vivido en una casa a la que le haya puesto un nombre. En plan: "El lerele"
Nunca he vivido en una casa que esté dentro de un barco, como Chanquete y como los ligones de algunos teleseries americanas.
Nunca he vivido en una casa sin libros y sin televisión.
Nunca he vivido en una casa en Arkansas.
Nunca he vivido en una casa de la que pueda decir: "Allí fui completamente feliz".
Nunca he vivido en una casa de la que pueda decir: "Allí fui completamente desgraciado".
Nunca he vivido en una casa dentro de la cual haya pensado: "Esta es la casa de mis sueños".
Nunca me he sentido identificado con una casa en la que haya vivido.
Nunca he vivido en una casa encantada.
Nunca he vivido en una casa que antes hubiese habitado un escritor admirado por mí. Me pregunto qué sensación debe provocar eso.
Nunca he vivido en una casa donde haya ocurrido un crimen. Que yo sepa. Me pregunto qué sensación debe provocar algo así.





He leído que Dylan tiene la manía de merodear cerca de casas de personas que admira, como la casa donde pasó la infancia Lennon o Neil Young, quizá para luego comprarlas. Una de las últimas veces, la policía norteamericana lo detuvo, por caminar sin rumbo fijo y tener un aspecto sospechoso. Por lo visto iba oculto bajo una capucha, tenía mal aspecto y llovía. Era sospechoso. Un hombre solo cerca de esas casas. Imagínate mirar por la ventana y ver a Dylan merodeando por tu casa. Joder.

No sé hasta qué punto una casa puede influir en el estado de ánimo. No sé hasta qué punto una casa puede cambiar el carácter, irritar, sosegar, influir. No sé. Estoy algo obsesionado con el asunto, teniendo en cuenta que acabo de mudarme. Siempre que estoy de visita en una ciudad me imagino viviendo en alguna de sus casas. Siempre creo que mi vida sería mejor allí. Aunque sé que no es más que una ilusión escapista, me queda la duda de si será cierto. He leído en un libro que el narrador sentía lo mismo, pero ahora no recuerdo cual. Seguramente es porque sea algo habitual. Qué importa. Me sucedió en Berlín, en Roma, en Nueva York y en otros cuantos lugares. A veces me acuerdo de esas casas y me hacen sentir aliviado. Como si siempre tuviese un lugar al que escapar. Es algo pueril, pero es así.




Nunca he vivido en una casa en la que ántes haya vivido un ángel. Que yo sepa.


Cuando uno abandona una casa, deja en sus paredes algo de su biografía. Una casa también es un diario.

Pienso en lo último que escribí en la última casa en la que escribí. Quise hacer un diario de la mudanza y no lo conseguí. Abrí un archivo en Word: "Diario de la mudanza". Pero tuve un problema con el ordenador y perdí varios días de escritura. Misteriosamente, del "Diario de la mudanza", sólo quedaron dos párrafos.

"Son tantas las cajas de libros que traslado de una casa a otra que la mudanza se ha convertido, claramente, en una cuestión de letras. Lo que hago, sobre todo, es una mudanza de frases. Lo que hago realmente es trasladar cientos de historias y de personajes de un lugar a otro. Largos párrafos es lo que me llevo. Incontables frases es lo que empaqueto. Y estoy pensando en algunas de esas frases. Pensando qué tal resistirán el cambio. Pensando que por mucho que cambie de casa, mi verdadero hogar está construido con todas esas frases. Así que lo que realmente estoy haciendo es llevarme mi verdadero hogar al interior de otra casa. Es extraño. Supongo que algo de las frases de mis libros también se quedará pegado en las paredes de la casa que dejo atrás. ¿Quizá los siguientes inquilinos sientan de algún modo la presencia de esas palabras que quedan flotando en el ambiente de la casa? Puede que en sueños algunas de mis frases lleguen hasta sus oídos. Puede. Puede que no sepan cómo, de dónde han venido esas frases, quién se las susurra en el duermevela, pero se despierten con historias en los oídos, historias que vienen de un lugar lejano y desconocido. Quién sabe. Una mudanza también es un cambio de preguntas. Una mudanza también es un cambio de máscara."

".. Viendo todas esas cajas dispersas en el salón pienso que no veo razón para acumular tantos libros, pero me viene a la cabeza lo que dijo Walter Benjamín, que es un tío que dijo muchas cosas, que unas se entienden mejor y otras peor, pero que todas molan lo suyo. Y dijo esto: "Los libros y las prostitutas pueden llevarse a la cama". Dicho eso, es lógico. Es más fácil tener dos mil libros en casa, que dos mil prostitutas. Sobre todo si no vives en un palacio. Puedo decir, por lo tanto, que tengo tantos libros, porque los libros ocupan menos que las prostitutas. Toma ya."




Pienso en mi vida en la nueva casa. En lo que me cambiará. En lo que me convertirá. Y pienso: "Al fin y al cabo siempre duermo y escribo sobre el mismo lugar: una cuerda de equilibrista". No sé lo que quiero decirme exactamente. Pero no me tranquiliza.

La casa que uno busca es como la obra que uno quiere escribir. Inexistente. Imposible. Algo que uno persigue para que se escape.

Me ponen nervioso los reportajes sobre casas del suplemento de El País. Me ponen nervioso esas paredes de cristal. Los exitosos en las casas del éxito. Pero también puede ser envidia. Casas de catálogo de revista de tendencias. O casa de catálogo de Ikea. Al fin y al cabo el asunto es el mismo. Que la casa se parezca a un catálogo. Cuanto más se parezca al catálogo, mejor. Más hermosa. Las casas de los catálogos no se parecen a las casas reales. Las casas reales se parecen a las casas de los catálogos. O eso me parece.





En la mayoría de las infancias todo hemos visto una casa por cuya ventana cruzaba alguien que nos producía terror. Sólo pasar por delante de su puerta ya nos hacía temblar. Yo lo recuerdo y todavía siento cómo una descarga eléctrica me recorre la columna vertebral. Y tengo ganas de gritar. Esa maldita sombra. Esa sombra que pasa por la ventana. Que sigue pasando. Esa casa no encantada. Esa casa encantada. Esa casa que tras la puerta tenía el abismo. Sí. El abismo. Porque basta abrir una puerta para ver el abismo.



No sé en qué casa moriré, pero tampoco me lo pregunto de modo habitual. En cambio, me hago una pregunta más absurda: "¿Quién vive en las casas en las que no vive nadie?". A veces me respondo. A veces me digo: "Vive el pasado". A veces me digo: "Vive el futuro". Y a veces me quedo callado.



Por las pocas que he visitado, tengo la sensación de que las casas-museo en general aburren. Pero seguro que me faltan por conocer las mejores. Eso espero.



Me gustaría escribir en las paredes de mi casa. Escribir un poema. Escribir un relato. Escribir una novela. Comenzar a escribir el primer día en que comenzase a vivir y abandonar la casa el día que ponga la palabra fin a la novela. Quizá el fin coincida en la bañera, o en una puerta, o en una esquina del techo. La novela de cada casa. Eso es lo que quiero escribir. La novela de cada casa, en cada casa. Igual que hay pintores de brocha gorda que pintan en las paredes de las casas. Ser un escritor de trazo gordo que escribe en las paredes de las casas. Me gustaría hacerlo. Pero es sólo un delirio, claro. Sólo eso. Lástima.

De momento, no se me ocurre nada más sobre casas, aunque seguro que hay mucho más. Si recuerdo algo más, ya lo escribiré. De momento, eso. Que no es poco.

jueves 22 de octubre de 2009

LA CASA DEL RETROVISOR




Escribo con manos insomnes. Tecleo con dedos sonámbulos. Estoy a medio dormir. Me despierto varias veces por la noche. Me levanto y vuelvo a la cama. Enciendo la tele. Miro la tele. Apago la tele. Deambulo por la casa. Buscando otro libro, saco el libro Nueva York de Paul Morand, de la estantería. Creía que ya no tenía este libro, pero lo tengo. Lo encuentro de casualidad, con ojos de sueño. A lo mejor hay libros que uno sólo da con ellos de ese modo, con ojos de sueño. Libros que se abren sólo a la noche. Puede ser. Me gusta la idea. Libros nocturnos y libros diurnos. Aunque no creo que este sea especialmente un libro nocturno. No. No es el caso. Veo que tengo varios párrafos subrayados. A veces, al encontrarme con un párrafo que subrayé hace tiempo y volver a leerlo en la actualidad, ya no sé con qué razón señalé esas palabras. No es el caso. Pero a veces me pasa. Algún día tendré que volver a leer ese libro. A ver si lo hago. Después no lo hago. Cuando lo digo, no lo hago. Pero tampoco debería hacerme demasiado caso en estos momentos, porque estoy a medio dormir, escribiendo con una mano en la oscuridad y con otra mano en la mañana.

Los párrafos.


"Son necesarios varios meses para comprender la grandeza desleída en humedad de Londres; se necesitan varias semanas para experimentar el seco encanto de París;pero haceos conducir al centro de Brooklyn Bridge a la hora crepuscular, y en quince segundos habréis comrprendido Nueva York."

"Nada puede destruir París, nave insumergible. París existe en mí;existirá a pesar de Dios, como la razón. Eso es lo que me hace quererle menos, a veces... Pero no estoy muy seguro de ese maravilloso regalo que es Nueva York. ¿Y si no fuese más que un sueño, que un experimento prodigioso, que un avatar, que un renacimiento efímero, que un purgatorio magnífico?"





Es curioso, porque cuando leí esos párrafos aún no había visitado Nueva York. Ahora que lo he hecho, me gustan aún más. Este libro me hace recordar otro libro divertidísimo: Mi Nueva York, de Brendan Behan, dramaturgo irlandés, que yo ignoraba antes de leer este libro y del que encontré una placa en la fachada del Chelsea Hotel, conmemorando que se alojó en ese lugar. Me gusta Brendan. Me gusta su humor de bebedor empedernido. Y paso a apuntar algunos de sus párrafos al diario. A ver si así me llega el sueño.

"No vamos a una ciudad para estar solos, y el test de una ciudad es la facilidad con la que puedes ver a otras personas y hablar con ellas. Una ciudad es un lugar donde la probabilidad de que te muerda una oveja salvaje es mínima, y diría que Nueva York es la ciudad más acogedora que conozco".

"Me dicen que no todo el mundo es siempre feliz, ni siquiera en Nueva York. Hay también corazones rotos en Great White Way. Seguro que sí. En todas partes hay corazones rotos, pero no todo el mundo tiene el corazón roto al mismo tiempo. De media, un hombres en buen estado de salud no debería tener el corazón roto más de seis veces al año. Ni siquiera la chica más joven y bonita de Vassar, mi Tir na n-Ong (el lugar de mis sueños, la tierra de la juventud eterna), puede tener el corazón roto más de nueve veces al año."

Me gustaría escibrir sobre Madrid como Morand y Behan sobre Nueva York. Pero no es fácil. Haremos lo que podamos. Me viene a la cabeza una frase, que no sé a qué libro corresponde, si a alguno de los dos, a ninguno de los dos, o a otro que no recuerdo. No sé. Una frase que decía algo así: "Prefiero ser farola en Nueva York que rey en Francia". No recuerdo de dónde vino esa frase. Ni idea. Me duermo con esa frase flotando en la cabeza. Me duermo sobre el puente de Brooklyn. Me duermo soñando con ser farola en Nueva York.





Así paso la noche. Me duermo y me despierto varias veces. Entre la cama, la tele y los libros, paso la noche. Sin dormir. A las seis de la mañana me vuelvo a acostar. Me despierto a las ocho. Me levanto. Mientras desayuno, intento reconstruir el sueño que he tenido antes de despertar. He soñado con Roberto Bolaño. No exactamente. He soñado con un guión de Roberto Bolaño. Ahora que están sacando tantos inéditos de Bolaño, es normal que yo también sueñe con un inédito de Bolaño. He soñado que salía a la luz un guión de cine de Bolaño. Y la película del guión de Roberto Bolaño la dirigía David Lynch. A mí me parecía extraño en el sueño, pero no tanto como ahora, que estoy despierto. No sé exactamente cómo era el guión de la película. Lo que recuerdo es que iba de unos extraterrestres que llegaban al México D.F. Toda la gente tenían miedo en la ciudad, porque creía que los extraterrestres iban a atacar. Pero no atacaban. Se ponían a beber tequila y a leer poesía latinoamericana. Se mezclaban con el mundillo literario. Eso es lo que más les gustaba. Beber y leer poesía. No sé qué más sucedía. Bueno, sí, había alguno de los pacíficos extraterrestres que quería ser escritor e irse a Barcelona para conocer a Jorge Herralde. Eran unos marcianos peculiares. Bueno, ya no recuerdo más. No sé si David Lynch era el más apropiado para dirigir esa película. Eso es lo que yo pensaba en el sueño. ¿En los sueños se piensa? Bueno, eso es lo que soñé. El guión inédito de Bolaño que dirigía Lynch. Ha tenido su gracia. Al menos para mí.





Salgo a la calle. Tengo un ojo en la noche y otro ojo en el día. Tomo el autobús 148. ¿Por qué los autobuses se toman? Bueno, que me subo en el autobús 148. Y me siento. A mi lado hay un chino y una choni. La choni lleva pantalones de chándal rosa, camiseta de tirantes y varios piercings dorados por la cara. El chino lleva pantalones marrones y una camisa donde se lee: “Turbo”. Recuerdo que cuando yo era pequeño, cualquier cosa que tuviese turbo me parecía lo más. “Es que el coche de mi padre tiene turbo”. Joder, qué guapo, con turbo. Hace tiempo que no se habla del turbo. Supongo que el turbo está superado. Turbo. Me siento al lado de los dos. Del chino y de la choni. Es imposible no escuchar su conversación. Estamos muy cerca. Y al escuchar su conversación, me quedo de piedra. La choni dice: “Mi sueño es ser Kundera”. Yo lo flipo. La choni quiere ser Milán Kundera. Reconozco que son prejuicios míos, pero me sorprendo. Prejuicios tengo. No me engaño. Van de la A a la Z. Pero no me imaginaba por su aspecto que leyese a Milán Kundera. Lo reconozco. Error mío. Por capullo. Por prejuicioso. Pero después resulta que no. Que la choni le dice al chino: “Sí, Kundera, eso es lo que quiero ser, porque tiene que ser la caña conducir un kunda”. Vamos, que se refería a Kundera de conducir kundas, que son los coches que llevan a los yonquis a pillar caballo a los barrios donde se puede pillar caballo. Hay muchos de esos kundas en la glorieta de embajadores. Están los yonquis esperando en la esquina. De vez en cuando llega un coche, con barro en las neumáticos, despintando, y de pronto se llena de yonquis. Y eso es lo que quería la choni. No Kundera de La inmortalidad. No. No Kundera de La insoportable levedad del ser. No. Kundera de conducir kundas. Qué bueno.


Creo que el chino y la choni acaban de pasar su primera noche juntos, y han salido hace poco de casa. Es por la mañana. Las diez. Y piensan dónde ir a desayunar. Ella propone un Mcdonald´s, pero a él le apetece una copa de cava. ¿Ein? Extraña combinación. Hamburguesa y cava. Él dice: "Lo que me fliparía es ir a comer a un comedor social. Te lo juro, tía, alguna vez me gustaría comer en un comedor social. Tiene que ser lo más." Toma ya. Pero la choni supera al chino, porque es la mejor, y dice que ella ya lo ha hecho. Ya ha comido en un comedor social. El chino abre los ojos todo lo que puede, asombrado. Y ella cuenta que sí, que tenía un novio brasileño, que la invitó a una cena romántica. Que la citó en un lugar, y cuando llegó vio que se trataba de un comedor social. Y estuvieron media hora haciendo cola. “Era el puto jefe” sentencia mi choni. No, ella, sí que es la puta jefa. Son fascinantes. No sé lo que finalmente deciden, porque llego a mi parada. Me gustaría seguir escuchando su conversación, pero como no puedo, deseo que su primera noche sea la primera de muchas más. Y que siempre se acuerden de este viaje en el autobús 148, y que ella algún día conduzca un kunda, y que celebren sus bodas de plata cenando hamburguesas y cava, y que sigan siendo tan macarras y dadaístas como en el día de hoy. Claro que sí. Porque el chino y la choni son los putos jefes. Aunque la verdad, después de mi reciente experiencia en el servicio público, no sé si sigo dormido o estoy despierto. Tengo un pie en el sueño y otro en el autobús. Escribir sobre Madrid como Behan sobre Nueva York. Ejem. Ejem.





Me voy a la librería del Círculo de Bellas Artes. Compro un par de libros. A ver qué me cuentan. Me decido por comprar un libro nocturno y otro libro diurno. Eso es lo que pienso. Con ese criterio los compro. Así soy yo de caprichoso. Salgo de la librería. Y como es costumbre cuando estoy en la calle con libros recién comprados, los saco de la bolsa y los huelo. Por el olor sé si mi compra ha estado acertada. Lo ha estado. Me voy con mi libro nocturno y con mi libro diurno.

Me voy para Malasaña. Me siento en La Lolina. La gente parece que se ha vestido para hacer juego con la decoración. O quizá sea al revés. No sé. Allí tomo cervezas. Cuatro. Y leo un rato. Cuanto más bebo menos leo. Cuanto más bebo, más miro a mí alrededor. Así que me voy. Porque me conozco. Con gran esfuerzo me voy, pero tengo que hacerlo, porque el autocontrol es una palabra que se borró de mi diccionario hace tiempo. Caminando por Malasaña, algo tambaleante, pienso que debería escribir una Guía turística del Madrid Dillingeriano. No sé si sería un libro diurno o nocturno. No lo sé. Todavía no. Ay.




Me vuelvo a casa caminando. Y al volver me gusta lo que veo en la Puerta de Toledo. Después de tanto tiempo pasando por la puerta de Toledo, caigo en la cuenta de que no había visto una de esas tiendas, que cada día me gustan más y que encuentro a cada paso en Madrid. Establecimientos que son, en sí mismos, un relato. Lugares extravagantes. Al menos a mis ojos. No lo había visto nunca. Supongo que habrá más por el mundo. Es lógico, claro. Pero me sorprende. Me gusta. Miro el cartel y me fascina. La casa del retrovisor. Así se llama. Existe. Es fantástico. Aunque supongo que es normal, pero como yo los únicos coches que he conducido en mi vida son de choque, no conocía una tienda así. Me maravilla. Tengo que entrar. Desde la puerta veo en un espacio pequeño y estrecho, decenas de espejos retrovisores colocados en fila en diferentes estantes. Fascinante. Me quedo en el centro de la tienda. El empleado se acerca a mí y me mira. Yo no digo nada. Me pregunta si deseo algo y yo lo pienso durante unos instantes. Le digo: “¿No cree que debería dejar de mirar atrás?”. Él no sabe qué contestar. Le digo: “En este lugar están siempre mirando al pasado ¿no? Es la casa del retrovisor". Me dice: “¿Se está riendo de mí?”. Le digo: “No”. Le digo: “Me fascina su tienda, pero uno no puede vivir una vida mirando espejos retrovisores. Tiene que mirar hacia delante”. Por su mirada creo que quiere golpearme, así que decido salir corriendo. Y después, cuando recupero mi ritmo natural de caminar, pienso que el empleado y yo, allí parados, en el centro de la tienda, rodeados de espejos retrovisores, parecíamos dos personajes de Beckett. Absurdos, metafóricos, ridículamente desesperados. La casa del retrovisor se ha convertido en mi tienda favorita de todo Madrid. Un lugar para mirar atrás. La casa del retrovisor. Voy a escribir un relato sobre este lugar. Así ese establecimiento real, del que es dueño un hombre al que no conozco, pasará a pertenecerme a mí.

Y esto, que parece tan poco, me ha salvado el día. La casa del retrovisor. Creo que encontrar esta tienda ha sido como encontrar una joya en mitad de un día lleno de bisutería. Joder, qué imagen. A veces me doy miedo. Buff. Agh.



La casa del retrovisor ya ha pasado a formar parte de mis tiendas favoritas de Madrid. Pasa a formar parte de la Guía turística del Madrid Dillingeriano. También van a aparecer la farmacia Deleuze y la tienda de pelucas de la calle Duque de Alba. Y uno de mis últimos descubrimientos: tapicerías Peña, que yo creí durante mucho tiempo que se llamaban tapicerías Pena, quizá por la sensación grisacea y desoladora que deja contemplar sus escaparates. Está en Gran Vía y tiene dos grandes escaparates con decenas de cojines tapizados con imágenes de gatos y de perros vestidos de lord ingleses. Gatos con monóculo. Perros con pañuelos al cuello. Lo juro. Tapicerías Peña. Pena. Cada uno tiene su manera de irse de tiendas. La mía está clara. La mía es un poco extraña. Lugares que son puertas a la perturbación. Eso es lo que pasa cuando uno sale de su casa y pasa por este Madrid extraño. Quizá lo extraño sean mis zapatos. Quizá lo extraño sean mis pasos. Puede. Quizá sea eso. Después de tanto Madrilear vuelvo a casa.




De vuelta a casa escribo esto. Tengo que escribir más sobre este Madrid Idiota. Tengo que soñar otra vez con la película de Bolaño-Lynch para saber cómo acaba. Tengo que llevar a una chica a cenar a un comedor social. Tengo que volver a Nueva York. Tengo que volver a recuperar el sueño. Sobre todo eso. Tengo que escribir más a menudo en el diario. Tengo que ver de qué sirve todo este deambular. Pero sobre todo tengo que recuperar el sueño. Y volver a leer a Paul Morand. Y encontrar una razón a todo esto. Y escribir sobre Madrid como Behan sobre Nueva York. Y reordenar mi librería por libros diurnos y nocturnos. Así, cuando me despierte con insomnio, sabré a qué estantería acudir. Así sabré qué libros sirven para despertarme y cuales sirven para arroparme por la noche. Y eso. Poco más. Me pregunto qué me deparará la noche. Me pregunto qué me deparará mañana. Me pregunto si la noche de insomnio ha pasado. Si realmente he salido de casa. Si no ha sido todo un delirio de párpados abiertos. Si todavía sigo en casa, deambulando por la casa, con el insomnio en los hombros. Me pregunto si todo esto aún no ha sucedido. Si todo esto está por suceder. No lo sé. Y qué importa.


Tengo una mano que escribe despierta y otra mano que escribe dormida. Y las dos dicen la verdad.



jueves 8 de octubre de 2009

"EL CHICO DE LAS PELÍCULAS" (APUNTES DESORDENADOS PARA UN PROYECTO DESORDENADO)


1.

En días así, en días como estos días, pienso que al menos me quedan las películas. Que menos mal que me puedo esconder. Que puedo vivir esa otra vida. Que menos mal. Y pienso en mi vida dentro de las películas. Porque cada vez vivo más dentro de las películas. Escondo la cabeza dentro de ellas, como un avestruz en la tierra. Doy un paso y ya estoy dentro. Es así de sencillo. Detengo un fotograma y me quedo a vivir dentro de él. La pantalla es una puerta que yo abro. Como en La rosa púrpura de El Cairo. Algo parecido.

Eso lo he hecho desde siempre. No recuerdo desde cuándo. Pero cada vez ha sido más aguda mi existencia paralela. Cada vez he vivido más del otro lado. Vivir en las imágenes. Detener un fotograma, dar un paso y colarme dentro. Cruzar el umbral de la otra realidad. Subir la escalera que va de la calle a la ficción. Eso me gusta. Me encanta. Eso me encanta.




He vivido en Memphis. He vivido en Tokio. He vivido en Francia. He vivido en Irán. He sido muchos. He sido tantos. Incontables, he sido. Incontables soy cada día. Soy el rey de Kazajistán, un vagabundo que vive en el Pount Neuf, un detective enamorado de una mujer llamada Laura, un hombre que espera al amor de su vida en la terraza del Empire State, alguien bajo la lluvia de Cherburgo. Ellos tienen los telediarios, los centros de enseñanza y los escaños. Yo tengo todos los fotogramas del mundo. Así que yo gano. Así que yo puedo ser todos los que quiera ser. Ya ves, he encontrado una forma de salir de aquí. Puedo vivir todas las aventuras que quiera con sólo dar un paso dentro de la pantalla.



2.

Me gustan las persecuciones en el cine. Claro, las persecuciones que parecen no tener fin. Una buena persecución puede ser tan grande como un gran diálogo, como una soberbia interpretación. He aprendido más de las persecuciones que de mis maestros. Porque tienes que aprender a escapar. Todos te persiguen. Tu padre te persigue y tienes que saber cómo huir de él. Las obligaciones, la madurez, las cajas de ahorros. Te persiguen. Todos te persiguen. Y tienes que ver todas esas persecuciones plano a plano para saber cómo huir de todo eso. Como en El diablo sobre ruedas. Ya sé que el título original no era así, pero aquí todo el mundo, menos los listos, lo conocen como El diablo sobre ruedas. Pues así. Un desconocido, dentro de un camión, persigue, sin razón, a un hombre en un coche. ¿Quién va dentro del camión? No lo sabemos. El diablo. El mal. No sabes. Pero puede ser quien tú quieras que sea. Puede ser tu padre. Puede ser tu hipoteca. Quizá incluso tú mismo. Qué importa. Lo grande de esa película es lo que tiene de abstracta. De absurdo. Así es como Samuel Beckett hubiese rodado una persecución. De ese modo absurdo. Y el conductor del coche le podría haber preguntado a su perseguidor lo mismo que Beckett le preguntó al hombre que apuñaló al escritor sin razón aparente. “¿Por qué?” Y el conductor del camión podría haber contestado lo mismo que el hombre que apuñaló a Beckett. “Yo no sé porqué”. Spielberg y Beckett, vaya mezcla. Hay que joderse. Qué bueno soy haciendo cócteles cinematoliterarios. Toma palabra.




El tiempo te persigue y tú corres aunque sabes que siempre te alcanza. La desgracia te persigue y tú corres. Los chicos del barrio te persiguen con sus sueños y tú no quieres formar parte de ellos.

Por eso.

Todo aquello que te persigue. Y por eso tienes que ver todas esas persecuciones. Para aprender a escapar. Para huir. Para saber el modo de huir. Huir como huye Belmondo Al final de la escapada. Huir como huyen Bonnie and Clyde, igual que Butch Cassidy y Sundance Kid. Como huye Scarface. Como huye Spencer Tracy de la masa enfurecida. Como huye Billy The Kid de Pat Garret. Todo el mundo está huyendo. Todo el mundo corre lejos de sí mismo. Todo el mundo está corriendo hacia no se sabe dónde. Como Antoine Doinel corre hacia el mar.



Por eso.

Por eso y porque tienes los coches más rápidos para ti. Tienes autopistas infinitas. Tienes hoteles donde soñar los sueños de otros.


3.

Detengo los fotogramas y me quedo a vivir en su interior. Y por eso si llamas a mi puerta, nadie te contestará. Porque no estoy. Y por eso si vienes a pedirme explicaciones estoy dentro de París Texas. Si vienes a pedirme tu voto estoy dentro de Un día en Nueva York. Si vienes a hablar de hipotecas estoy en La jungla de asfalto. Si vienes a darme consejos estoy dentro de El hombre que pudo reinar. Si vienes a decirme cómo soñar estoy en Besos robados. Si vienes a hablarme de mis obligaciones estoy dentro de Los contrabandistas de Moonflet.

Y por eso.

Y por eso si juntas todas las entradas de cine que he comprado mi vida y las lanzas al aire tendrás una idea de mis sueños.

Tienes los coches más rápidos.
Tienes a Scarlett Johanson.
Tienes todos los besos que has perdido.
Tienes orejas cortadas y canciones de Cole Porter.

4.


A veces me pregunto a qué se debe que cambie cada vez más frecuentemente la calle por las películas. Me lo pregunto. No me lo contesto y me lo pregunto. Y pienso algunas vaguedades. Pienso que Dios es un mal director de cine y por eso prefiero las películas que la calle. Que Dios es un director de serie Z. Y ni siquiera tiene gracia. Dios es un director de encargos. Dios es un director de series de televisión. Dios es el peor guionista de la historia. Los giros de guión surgen de la nada. La mayoría de los diálogos no tienen sentido. Dios no dirige obras maestras. En cambio John Ford dirigió Centauros del desierto. En cambio Billy Wilder dirigió El apartamento. Y Dios sólo hizo esta serie Z llamada Realidad que debería ir directamente al videoclub.




5.

Estoy pensando que eres la mujer de cincuenta pies y yo soy diminuto a tu lado. Eres Uma Thurman luchando en Oriente. Eres Asia Argento abriendo tus grandes ojos para mí. Eres Mia Farrow buscando un cine de sesión doble para soñar. Eres Eva Green pestañeando. Eres Winona Ryder esperando un monstruo al que amar. Eres Juliette Binoche bailando en el Pount Neuf. Eres la mujer de Ed Wood intentando creer en sus sueños. Eres Lula esperando a Sailor a la salida de la cárcel. Eres Cristina Ricci acompañándome en la oscuridad. Eres Rose Mcgowan matando zombis. Eres Cybill Shephard entre la escoria de Nueva York. Eres todas las mujeres de Wong Kar Way que miran con lentitud la ciudad porque el amor les cambió la mirada. Eres Mary Pickford sujetando una flor, Claudette Colbert tocando el violín, Lombard haciendo el payaso para mí. Eres Barbara Stanwyck buscando la forma de matarme. Marlene Dietrich arruinándome la reputación. Irene Dunne derramando lágrimas en el cielo de la ciudad de cristal. Audrey Hepburn cantando Moon River bajo mi ventana.




Eres Ingrid Bergman volviendo desde el pasado para romperme el corazón. Rita Hayworth quitándote el guante de la madrugada. Eres Sophia Loren subiéndose una media en la Piazza Navona y eres Anita Ekberg resurgiendo entre las aguas de Roma. Eres Leslie Caron bailando en París. Diane Keaton sentada en un parque de Manhattan. Eres la mujer que me envenena, la mujer que me mata, la mujer del cuadro eres tú. Eres Shirley MacLaine abriéndome el ascensor. Eres Catherine Denueve bajo la lluvia de Cherburgo. Jean Seberg robándome un cigarrillo. Debbie Reynolds sacándome de un apuro. Eres Lauren Bacall cantando en un hotel de La Martinica. Ida Lupino en mi último refugio. Eres Marilyn suicidándose con Seconal. Ana Karina bailando el twist. Eres Gena Rowlands esperando en la puerta de un teatro la respuesta del tiempo. Eres los ojos de Bette Davis y Ava Gardner fumando de madrugada. Eres la fiera de mi niña y Mary Astor acariciando la materia de la que están hechos los sueños. Eres las piernas de Cyd Charisse. El pelo de Maureen O´Hara.




Eres para mí todas las chicas de las películas.
Eso eres. Eso.

6.

Quizá lo mejor es viajar en el tiempo. A veces cojo mi nave espacial. Me voy a pilotar con Luke en dirección a la estrella de la muerte. Lo mejor es conocer a esas mujeres maravillosas. Lo mejor es llevar el coche que quieras. A veces me subo a un Cadillac. Conduzco por Mulhooland Drive. Lo mejor es poder tomar todas las drogas que quieras. Lo mejor es poder comprar todas las armas que quieras. Lo mejor es poder vivir con banda sonora. Lo mejor es poder elegir el plano, el vestuario, la canción final. Lo mejor es que puedes elegir a los actores, y si puedes elegir, no vas a elegir a los imbéciles. Pero lo mejor, lo mejor de todo es no tener que rellenar formularios, no hacer impresos, no contestar llamadas ni tener que obedecer horarios. Eso es lo mejor.




Lo mejor es que sus balas no matan aquí dentro. Sus gritos no suenan aquí dentro.
Sus golpes no duelen aquí dentro. Aquí no me pueden alcanzar. Aquí la única obligación es saber saltar de una película a otra. Aquí no llegan sus balas. Si me encuentran, cambiaré de fotograma. Si ven dónde me escondo, me iré a vivir a otra película. Así de sencillo.

7.

Vivir dentro de las películas. Vivir para siempre en una imagen. Como el hombre que baila bajo la lluvia. Como el niño que dice: “Porque sueño, no lo estoy”. No estoy loco. Y por eso vivir dentro de una imagen. Por eso. Para no estar loco. Para soñar.

Vivir en una imagen, donde no sienta el frío, donde no entren los hijos de puta, donde siempre toquen mi canción. Eso es.

lunes 28 de septiembre de 2009

BOCETO PARA EL PRIMER CAPÍTULO DE UNA AUTOBIOGRAFÍA DILLINGERIANA EN MARCHA


1977. Nazco. Muere Elvis. No tenemos nada que ver. No llegamos a conocernos. Yo escucho sus discos, pero él no lee lo que yo escribo. Elvis consume drogas, aunque lo niegue de manera reiterada. Incluso el presidente Nixon, unos años antes de 1977, le entregó a Elvis una placa de agente federal para la lucha anti droga y una pistola Colt 45 con siete balas de plata en el cargador. Yo no niego que haya consumido drogas, pero tampoco lo afirmo, porque nadie me lo ha preguntado públicamente. En 1977 todavía no sabía quién era Elvis. Tampoco sabía por entonces quién era yo. Tampoco lo sé demasiado bien ahora. Ni siquiera creo que lo sepa nunca. Como mucho lo llegaré a intuir. Como mucho, digo. En 1977 mis manos no parecían mis manos y mis ojos no habían visto nada de lo que han visto hoy.






1977. Nazco. Muere Howard Hawks. Hawks hacía comedias y hacía westerns. Yo no he hecho westerns. Pero Hawks sí, y John Ford también. John Ford sí que ha hecho westerns. De hecho, él dijo ante el Comité de Actividades Antiamericanas: “Soy John Ford y hago westerns”. Ford hizo, entre otras pelis, “Pasión de los fuertes”, en la que hay un diálogo que yo no conocía en 1977, pero que conocí años después y me gustó mucho.



El diálogo. Me gustó mucho. Lo recuerdo. Así, más o menos, lo recuerdo. Como cuento.




Wyatt Earp: Mac, ¿has estado enamorado alguna vez?
Mac: No, he sido barman toda la vida.



Me gusta. El diálogo. Quizá lo haya transformado en el recuerdo. Puede ser. Me da igual. Me gusta así. Así lo recuerdo. Yo también he hablado con muchos barmans. Camareros. Eso. Camareros, mejor. En 1977 no sabía quién era Hawks ni quién era Ford, ni qué era ser camarero. Después, a lo largo de mi vida he conocido muchos camareros. Pero en 1977 todavía no conocía a ninguno. En 1977 no conocía nada. Tampoco conocía al médico que me sacó del vientre de mi madre. Y el que supongo me dio una palmada en el culo para hacerme llorar. Si ahora pudiese encontrar a ese hombre le daría un puñetazo en la boca. Por pegarme en el culo. Capullo. Por hacerme llorar. Sal a la calle. Métete con uno de tu edad.



Nací en un hospital, en una ciudad que no amo, ni añoro, ni recomiendo a nadie. No sé si el día que yo nací lucía el sol o mojaba la lluvia. El día de mi cumpleaños siempre me dicen a qué hora vine al mundo, pero después nunca lo recuerdo. Nunca. Me cuesta imaginarme a mí mismo como un recién nacido. Pero creo que eso debe ser algo habitual. Es como si no se tratase de mí, como si fuese otro el recién nacido. Pero no yo. Como si se tratase de la vida de otro. No sé. Es raro. No puedo imaginarme a mí mismo con las manos diminutas de un recién nacido. Era otro. Yo, otro. Pero no sé quién. Si mejor o peor. Más pequeño, eso sí. No puedo imaginarme a mí mismo con los pies diminutos de un recién nacido. No puedo imaginarme a mí mismo con el cuerpo diminuto de un recién nacido, en la cuna del hospital, siendo observado por familiares y enfermeras. No puedo hacer ese ejercicio de imaginación. No sé si eso le sucede a todo el mundo. Nunca lo he hablado con nadie. Quizá no sea un buen tema de conversación. Tampoco sé cual es un buen tema de conversación. No tengo ni la mejor idea.






1977. Nazco. Muere Elvis. Algunos dicen que Elvis está vivo, pero yo no lo creo. Incluso a veces dudo de que yo esté vivo, de que yo haya nacido en 1977. Elvis no está vivo, pero en una de mis películas predilectas aparece Elvis como un fantasma. En una de las tres historias que componen “Mistery Train” de Jarmusch. Pero eso no lo sabía yo en 1977. Tampoco sabía que en esa película una pareja de japoneses iban a visitar Memphis, y que uno de los japoneses prefería a Elvis y el otro a Carl Perkins. Y decían una frase que después me gustaría. Me gustaría mucho. Pero entonces no lo sabía. “No hay nada más cool que tener dieciocho años. No hay nada más cool que tener dieciocho años y estar en Memphis”. Yo ya no tengo dieciocho años. Yo no estoy en Memphis. Yo ni siquiera soy japonés ni aparezco en una película. Yo nací en 1977 y estoy en Madrid. Y no hay nada más cool que tener dieciocho años y estar en Memphis. Pues claro.




¿Qué hacías tú en 1977? Eso es lo que pregunto a todos los que ya andaban vivos y coleando en 1977. Quizá eso me ayude a comprender algo. Pero también es posible que no. Todo es posible en este mundo nuestro. Todo.





1977. Nazco. Muere Maria Callas. Maria Callas canta ópera. Yo no canto ópera, ni en 1977, ni después. Porque no sé. Pero Maria Callas canta “La Traviata” y mi primera novia me regala, en cedé, la ópera “La Traviata”, porque ella estudiaba en el conservatorio y porque el bar que yo más frecuentaba de adolescente se llamaba La Traviata. Y en ese bar, además de descubrir a un montón de grupos, hablaba con el barman. Con el camarero. A un montón de grupos. En La Traviata. Pero de todo eso, en 1977, yo no sabía nada, así que debería ir paso a paso, poco a poco, año a año, y no adelantarme, porque estoy hablando del año en que nací. No tengo ninguna fotografía de ese año. No sé si eso es normal. No me importa. No añoro tener una fotografía del año en que nací. De Elvis, en cambio, sí que tengo varías postales y muchos discos. Él era el Rey. Yo no soy nadie. No recuerdo nada de ese año. En ese momento no sabía casi nada de lo que ahora sé. No sabía quién era Madonna, ni Hitler, ni Leopardi. No sabía a qué sabía el helado de chocolate, ni cómo se besaba con lengua, ni quién era Charlie Parker, el saxofonista. Tampoco sabía quién era Julio Cortázar, ni que Julio Cortázar unos diez años antes del día en que nací había escrito un cuento sobre Charlie Parker. Ignoraba muchas cosas entonces. Ahora también, pero no tantas. O a lo mejor sí. No sabía que Elvis había muerto unos meses antes. Ni que Bowie había publicado su disco “Héroes” ese mismo año. Ni que años después, bastantes años después, Ray Loriga publicará un libro con el mismo nombre, en el que sale Bowie y que yo leí en mi adolescencia. Pero yo en 1977 todavía no sabía qué es lo que leería cuando fuera adolescente. Ni siquiera sabía qué era ser adolescente. Ni sabía lo que era leer. Porque en 1977 yo no sabía leer, ni hablar. No sabía decir: “Esta boca es mía”. Ni sabía decir: “Tu puta madre”. En 1977 vino a verme un montón de gente al hospital. A algunas de esas personas que me vieron en un hospital el primer día de mi vida, yo las he visto en un hospital el último día del suyo. Qué fuerte. Qué fuerte todo. Me parece a mí. 1977. Qué año, eh.





1977. Nazco. Muere Elvis. Dos acontecimientos en nada comparables. En las antípodas. “Love me tender” cantaba Elvis. “Love me tender” no lo canto yo, porque en 1977 no sabía cantar y ahora tampoco sé. Pero si supiese cantar cantaría una canción llamada “1977”, que hablase del año que nací y de lo raro que es no recordar nada del año más importante de mi vida y de que ese año el Rey murió y de que ese año, según la Wikipedia, nevó por primera y única vez en la historia de Miami, y de que eso no tiene nada que ver conmigo que yo sepa, pero que nunca se sabe, nunca se sabe. De todo eso hablaría la canción “1977”. De todo eso debería hablar. De todo eso y de algunos asuntos más que aún no sé cómo abordar. Quizá también de que en 1977 un grupo lanzó al mercado su disco “Never Mind The Bollocks Here's The Sex Pistols”. Y de que yo no tengo nada que ver con eso, pero que cuando iba al instituto llevaba una camiseta de los “Sex Pistols” y de que eso sí que tiene que ver conmigo, porque se trataba de mi camiseta preferida de adolescente, aunque años más tarde la usé como trapo para limpiar los cristales de mi primera casa en Madrid. La misma camiseta con la que hace años vestía orgulloso, me servía para limpiar la suciedad de los cristales a través de los cuales veía Madrid. Y hablaría la canción de cómo esa historia de la camiseta me hace pensar en lo extraño del destino de las cosas. De las cosas y de la gente. El destino. Al menos el mío así me lo parece. Extraño. Desde que nací. Yo. En 1977.




1977. Nazco. Muere Groucho Marx. Sí, Groucho Marx murió, el mismo Groucho Marx que dijo: “Encuentro la televisión muy educativa, cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. Yo también encuentro la televisión muy educativa, porque trabajo para la televisión, y con lo que gano en la televisión me compro libros, cedés, películas, series de televisión de la HBO. Pero eso no lo sabía, claro, en 1977, que yo iba a trabajar en la televisión. Groucho Marx tenía un bigote pintado. Yo, años después de 1977 me dejaría bigote, pero no pintado, porque yo no soy Groucho Marx, aunque también encuentre la televisión muy educativa. Groucho Marx murió en 1977, aunque no era punk y yo tampoco y eso que 1977 fue año de música punk. Aunque yo no nací con cresta, ni con un imperdible en la oreja, ni me hice heridas con cuchillas en el pecho, como Sid Vicious, que estuvo en el Chelsea Hotel con su novia Nancy. Nancy, que murió en el Chelsea Hotel apuñalada, un año que no recuerdo. Yo no sabía en 1977 que en 2009 iría a visitar en Nueva York el Chelsea Hotel. Ni que Leonard Cohen compondría y cantaría una canción llamada “Chelsea Hotel”. Yo no lo sabía entonces. Cómo lo iba a saber, si ni siquiera recuerdo cómo nací. Si ni siquiera sé qué parte de mi cuerpo asomó primero a la vida. ¿Sería un pie? ¿Una mano? No lo sé. Nunca he pensado en ello, hasta ahora. ¿Cuál es el primer centímetro de mi cuerpo que estuvo en contacto con el espacio exterior? Me hago algunas preguntas al respecto. Preguntas que nunca me he formulado. Preguntas que no sé de dónde vienen. Preguntas que no sé dónde van. ¿Cuántas nubes pasaban sobre el hospital en ese momento? ¿Quién moría mientras yo nacía? ¿Tengo algo que ver con ellos? No sé. De ese día no recuerdo nada, pero tampoco recuerdo cual es mi primer recuerdo. Y de los nueve meses que estuve dentro del vientre de mi madre tampoco recuerdo nada. Como en una gran borrachera. Pero seguro que fue maravilloso. El año de “Star Wars” y de “Annie Hall”. Ese año fue 1977. ¿Qué hacía la gente ese año? Estoy haciendo una encuesta entre conocidos que ya estaban vivos por entonces, y les pregunto si recuerdan qué hacían ese año. Y les pregunto si recuerdan que hacían el 19 de noviembre de ese año. ¿Qué hacías cuando yo nacía? Eso es lo que les pregunto. Y lo voy apuntando todo en un cuaderno de tapas azules. En mi cuaderno sobre el día en que nací. Para saberlo. Para no sé qué. No sé. Por entretenerme. Porque a veces me aburren los libros, los cedés, la tele. Por entretenerme. 1977.




1977. Nazco. Muere Elvis. Realmente Elvis andaba muriendo cuando yo todavía no había nacido. Meses antes ya moría Elvis. Joder. Elvis. Moría Elvis. Love me Tender. Elvis. Joder, Elvis. Love me tender. 1977. Algún día tendré que escribir esa canción, esa canción que se llamará “1977”. Algún día tendré que escribir esa canción, algún día. El día que sepa cómo debe terminar esa canción. 1977. Algún día. Mientras tanto, voy escuchando “Love me Tender”, mientras pienso en 1977. El año que murieron tantos, que nacieron tantos. Al fin y al cabo, un año como todos los años. 1977. Love me tender. Y no sabía yo en 1977, que años después intentaría una autobiografía y que escribiría un borrador del primer capítulo en mi diario. Pero aquí estoy, metido de lleno en el asunto. Aquí estoy. Love me tender. Y me está gustando la experiencia. La experiencia de la autobiografía. Me está gustando. Incluso puede que siga con ella. Si tengo ganas. Y si tengo tiempo. Y si me quedan fuerzas. Ya veremos. Mientras tanto, love me tender, love me sweet. Veremos qué queda de todo esto.





1977. Nazco. Muere Chaplin. Muere Jacques Tourneur. Mueren muchos y nacen muchos. 1977. Desde ese año han pasado bastantes años y han pasado bastantes cosas. Cosas buenas y malas, pero sobre todo cosas raras. ¿Cómo? No sé. Raras. Muchas. Desde entonces ha pasado mucho. Muchas cosas. Y mucho que no puedo cuantificar. Y a veces lo pienso. Y me hago algunas preguntas sobre todo este tiempo que ha pasado. Sobre 1977. Y pienso en lo que ha sucedido desde 1977 hasta 2009. Y me hago preguntas al respecto. Preguntas sin sentido. Pero me las hago. Claro que me las hago. Vaya si me las hago. Así es. 1977-2009. Claro que me las hago. Me pregunto, por ejemplo, si seré capaz de escribir mi autobiografía. Si seré capaz de ver la relación entre asuntos aparentemente dispares, si podré trazar todas esas líneas que formen el dibujo de mi rostro. Si seré capaz de escribirme. Eso es lo que me pregunto. Si seré capaz de escribirme. Para así poder leerme. Y saber con qué personaje estoy tratando cada día. Si, de eso se trata, de verme como un personaje para comprenderlo todo mucho mejor. Veremos si lo logramos. Veremos.





¿Seré capaz de construir con palabras un espejo?





Veremos.








1977. Muere Elvis. Nazco yo.

Él era el Rey y yo no soy un príncipe.

De momento, eso es todo lo que puedo decir de mí.


miércoles 16 de septiembre de 2009

HE VISTO (2)




16) He visto una fotografía que me hicieron cuando tenía cinco años. Yo. Cinco años. En ella miro muy serio a la cámara. Desafiante. En plan duelo de espagueti western. La foto es todo mirada y cuellos de camisa. No sé quien hizo la foto. Pero sé a quién está desafiando esa mirada. A quién está mirando tan concentrado ese niño. A quién está retando con la mirada ese chaval de la fotografía. A mí. Es a mí al que está mirando ese niño. Al que ahora soy. Al que he llegado a ser. Y yo también le miro, me miro, le reto, me reto, serio, sin contemplaciones. Y me pregunto quién ganará el duelo. Me lo pregunto así: “¿Quién ganará el duelo?” Pero no me respondo. Porque no sé hacerlo.

17) He visto, muchas veces, cómo llega septiembre. Y siempre me gusta. Septiembre. He visto que todo cambia, pero septiembre sigue siendo septiembre y huele a forro de libro y a café con leche. Y la gente vuelve a sus casas para ordenar sus estanterías y todo parece en su sitio. Y muchos quieren cambiar de ciudad porque no pueden cambiar de nombre ni de biografía. ¿Yo quiero cambiar de biografía? Yo, quizá escribo el diario para reflejarme no como el que soy, sino como el que quisiera ser. Quizá el diario no sea el lugar irremediable al que desemboco. No. Quizá el diario sea el lugar donde me reconstruyo como me sueño. Pero no lo sé. Quizá algún día lo sepa. Puede ser. Mientras tanto, septiembre me centra, barre con su viento revitalizador el mal gusto del verano, la relajación cargante de agosto. Septiembre es un país de chaquetas y lapiceros nuevos. Septiembre es una canción de “Los enemigos”. Septiembre es el título de la única película de Woody Allen que no he visto. Septiembre siempre es el mismo.






18) He visto al mendigo que vive en la costanilla de San Andrés, al lado de mi casa. Iba vestido con mi ropa. Yo no estaba delirando, ni soñando. Es cierto. Totalmente cierto. El tío llevaba mi ropa. Un día bajé una maleta con ropa de la que quería deshacerme, para dejar en la iglesia. Pero como no recogían ropa ese día, se la di a él. Y hoy, cuando he bajado a la calle, he visto que llevaba mis vaqueros y mi vieja camiseta. Me ha producido una sensación extraña. Es perturbador ver que otro lleva esa ropa que yo vestí durante tanto tiempo. Esa ropa que vivió lo suyo conmigo. Esa ropa que me acompañó tantas noches por ahí. Esa ropa que viajó conmigo. Esa ropa que perdió conmigo. Esa ropa, ahora le cubre a él. Voy a dar toda mi ropa vieja a los mendigos del barrio, para que todos los mendigos del barrio vayan vestidos como yo. Seremos así un pequeño ejército, vestidos todos del mismo modo. Mendicantes a la moda. Y yo iré a la cabeza. Es extraño, sí. Ya decían en Terciopelo azul, que vivimos en un mundo muy extraño.

19) He visto, entre mis estanterías, un libro que nunca he comprado. ¿Estaría ya en la casa cuando llegué? ¿Quizá sí que lo hice y no lo recuerdo? No creo. Me inclino a pensar que el libro ha llegado solo, como llega una canción o el viento o cualquier bicho que entra por la ventana. Aún no me he atrevido a abrirlo, el libro. No. No quiero saber qué es lo que hay escrito en él. Cuando me cambie de piso, que será muy pronto, me lo llevaré conmigo. O mejor no. Lo dejaré aquí. En las estanterías vacías. Para que me olvide. Para olvidarlo. Aunque no puedo ocultarme el temor de que vuelva después de abandonarlo. El temor de estar instalado en la otra casa y que aparezca de nuevo, allí, el libro. Y quizá entonces tenga que leerlo. No sé. No son más elucubraciones sin fin. Ese libro. ¿Quién lo ha escrito? ¿Qué hace aquí? ¿Qué historia quiere contarme? ¿Por qué no me atrevo a abrirlo?





20) He visto, sacando cajas de trastos viejos para organizar la mudanza, unas gafas que usaba hace mucho tiempo. Me he fijado en las lentes. Me ha parecido ver en ellas, poemas de Paul Eluard, novelas de Stevenson y películas de Billy Wilder. Me ha parecido ver en ellas al que yo era con dieciocho años. Me ha parecido. Pero quizá no fuera yo. Quizá era otro. No añoro ninguna de mis edades anteriores. No sé si eso es porque estoy satisfecho con la actual o porque las otras fueron absolutamente decepcionantes. No sé. No he llegado a ninguna conclusión. Bueno, quizá a una sí. Hay que guardar las gafas antiguas para recordar de qué modo mirábamos hace años. Quizá eso nos ayude a comprender de qué modo miramos ahora. Puede ser.

21) He visto, en el metro, las lágrimas de un anciano que leía el periódico. Viajaba solo. Leía solo. Lloraba solo. No sé a qué se debía. No hice ninguna pregunta. Me quedé paralizado. Las lágrimas se deslizaban por la cara y desaparecían en la barbilla, donde saltaban hasta el suelo. Después pasó un adolescente con zapatillas de marca y sin saberlo pisó las lágrimas. Las lágrimas se quedaban pegadas en las suelas de las Nike y se iban lejos. No sé dónde se iban, las lágrimas. No tengo ni idea. Pero me hubiera gustado conocer todo el recorrido del llanto del hombre desconocido. Qué cosas. No sé. ¿Y qué estaba leyendo el anciano? No sé. Pero he recordado la frase que Leonard Cohen soltó la primera vez que subió a un escenario en toda su vida. Dijo: “El hombre con más dolor aquí soy yo”.





22) He visto una nube que parecía la barba de Valle-Inclán. He visto otra nube que parecía la barba de Walt Whitman. He visto otra nube que parecía la barba de Hemingway. Y me he preguntando: “¿Qué ha sido de las grandes barbas de la literatura?”

23) He visto, en el Yutúb, el asesinato de Kennedy. Veinte veces. Seguidas. Las veinte veces seguidas. Una y otra vez. Veinte. Lo he visto tantas veces que ahora me parece una ficción. Cuando veo muchas veces cualquier secuencia de imágenes, aunque sea real, me acaba pareciendo ficción. No sé si eso es normal. No sé qué diría sobre eso Baudrillard, que era un fiera respecto a lo que pantallas se refiere. Después de ver el vídeo tantas veces, me ha venido una frase a la cabeza. No es que yo haya reflexionado ni nada de eso. A mí eso nunca se me ha dado muy bien. Reflexionar, digo. A mí me vienen frases a la cabeza, como flechas, como pedradas, como balazos. La frase que me ha venido: “Micky Mouse mató a Kennedy.” Me gustaría escribir la frase en una pared, como un grafitero. Me gustaría pasar todos los días por esa pared y ver la frase escrita. Porque sí. Por la cara. Por no sé qué. Por yo qué sé. Porque sí. Micky Mouse mató a Keneddy. Balas de Walt Disney. Micky Mouse mató a Keneddy con balas de Walt Disney. Micky Mouse era el segundo tirador.






24) He visto, en la estanterías de una librería, varias ediciones diferentes del Kamasutra. Y he pensado algo el respecto. No tanto respecto al Kamasutra, como de la lectura. He pensado que hay dos tipos de lectores, los que leen el Kamasutra y los que además lo practican. He pensado que hay dos tipos de lectores, los que leen La isla del tesoro y los que además lo buscan. El tesoro. Los que buscan el tesoro. Y la isla. Hay dos tipos de lectores. Los que leen libros y los que además son leídos por los propios libros. Pero sobre todo, hay dos tipos de lectores, los que leen las palabras y los que leen el silencio que hay entre las palabras. Me parece.

25) He visto que no he visto Viaje al fin de la noche de Céline en la librería La Central . Leí hace tiempo un ejemplar de la biblioteca y quiero volver a leerlo. Pero no estaba. Y antes había mirado en otras cuatro librerías. Y en ninguno tenían el libro de Céline. Una ciudad en cuyas librerías no tienen a Céline es una ciudad idiota. Idiota. Madrid. Pero bueno, en compensación he encontrado otros libros. Me he llevado Claus y Lucas de Agota Kristof, Iluminaciones en la sombra de Alejandro Sawa, La habitación del poeta de Robert Walser y Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggey. Después he caminado toda la calle Atocha hasta Antón Martín y he llegado a La Piola, en la calle León. Allí he abierto el libro de Robert Walser y he estado leyendo, hasta que he llegado a un párrafo que me ha gustado especialmente. Me ha gustado tanto que he dejado de leer y he pedido unas tijeras a la camarera. Sí. Unas tijeras. No para cortarme las venas porque nunca le llegaría a las suelas de los zapatos al señor Walser. No. No por eso. Aunque es claro que nunca le voy a llegar a las suelas de los zapatos. He pedido las tijeras porque era un párrafo tan bueno que no bastaba con subrayarlo, había que sacarlo de la hoja, que extraerlo del libro. Así que lo he cortado, ante la mirada extrañada de los otros bebedores de cerveza que había por allí. He cortado el párrafo y lo he vuelto a leer. Después he abierto la cartera y he guardado el párrafo. Y es por eso que ahora llevo en mi cartera un párrafo de Walser. No todo el mundo puede decir lo mismo. No. Casi nadie puede decir lo mismo. Casi nadie puede decir que lleva a Robert Walser en la cartera. Yo sí. Yo puedo. Yo lo digo y aquí pongo el párrafo. El que llevo en la cartera.





“El escritor como Dios manda es alguien que está al acecho, un cazador, alguien armado con escopeta, que busca y que encuentra, una especie, en definitiva, de Ojo de Halcón que vive permanentemente a la caza. Acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero, y aguza los oídos cuando cree oír el ruido que anuncia la llegada no precisamente de caballos indios al galope, sino de nuevas sensaciones. Está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa. Si llega paseando una belleza inocente y desprevenida, vestida a poder ser como una campesina, el escritor sale de su escondrijo y atraviesa el corazón de la dama, que había salido a pasear sola, con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación.”

26) He visto, a las once de la mañana, un hombre sentado en una terraza, tomando una cerveza, con una camiseta de Batman y tocando la gaita. De verdad. Juro decir la verdad y nada más que la verdad. Y esa es la verdad. A nadie parecía llamarle la atención una imagen tan insólita. Eso es lo que a mí más me ha llamado la atención. No tanto el hombre con camiseta de Batman tocando la gaita, como que a nadie le haya llamado la atención.


27) He visto, al lado de la librería Fuentetaja, una farmacia que se llama Deleuze. Por lo visto, la farmacia, muy barroca, procede de la época de Carlos III. Farmacia Deleuze, remedios para el alma, he pensado. ¿Habrá también en Madrid un videoclub que se llame Braudillard? ¿Y una panadería que se llame Foucault? Madrid, ciudad filosófica.









28) He visto que la chica de la tienda de flores llevaba un vestido de flores. He visto, en la floristería que hay cerca de la calle Segovia, a la chica que trabaja en la tienda, arreglando las flores que tiene expuestas en el escaparate. Y me ha llamado la atención que llevase puesto un vestido de flores estampadas. El vestido de flores se confundía con las verdaderas flores. Era raro. Me gustaba y no me gustaba. No sé si me explico. Más bien estaba atónito. Es como si un mecánico llevase un traje lleno de llaves inglesas, o yo llevase una camisa con teclas de ordenador. Bueno, no es igual, porque las flores molan más. Y huelen. No sé qué decir al respecto, pero me ha llamado la atención. A veces veo cosas así, que llaman mi atención, pero no sé qué pensar sobre ellas. Supongo que es normal. Supongo. Quizá con esa imagen sea suficiente. He visto que la chica de la tienda de flores llevaba un vestido de flores.



29) He visto a Arturo Pérez Reverte pasando por la plaza Mayor. No llevaba un sable ni nada. Ni iba a caballo. Lo juro. Sólo iba con cara de "Soy Arturo Pérez Reverte y tú no". A lo mejor me equivoco. Eso me ha parecido a mí, pero puede que se deba a que yo tampoco estaba de muy buen humor. Puede. Puede que la culpa sea mía. Seguro que es un tío muy majo para tomar una caña. Pero lo cierto es que, por sus artículos de cascarrabias que se quiere pelear y batir en duelo con todos los rufianes que encuentre a su paso, yo imaginaba que sería un tío más fornido. Pero tenía unos brazos delgados, como de niña. No es que eso me parezca mal ni nada. No tengo nada contra él. Nada. Pero creía que tendría aspecto de tipo más duro. Yo, si hubiese tenido un guante a mano, se lo hubiese pasado por la cara, para retarlo a duelo. Sólo por el gusto de oírle decir: “En guardia, malandrín.”. O una de esas cosas que él suele decir, tan de esa manera.




30) He visto en el ordenador un archivo del que desconocía su existencia. Un archivo perdido y encontrado. El archivo lleva por nombre Madrid. Es de hace unos seis años. No sé porqué lo inicié ni lo que contiene. Cuando lo abro, me encuentro sólo una frase. Nada más. Una frase. Me doy de bruces con la frase de Henry Miller: “No tengo ni dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.” Casi nada. Cómo se las gastaba el Henry. Lo flipas.



31) He visto a Corcobado en la librería Arrebato. Allí he conocido a L. a I. y a M. que estaban con unos amigos. Escuchamos poemas, bebimos en vasos de plástico y vimos cómo Corcobado tiraba el ejemplar del libro que estaba leyendo, porque le faltaba una página. Dijo que el libro estaba defectuoso y lanzó el libro escaleras abajo. A mí es lo que más me gustó de todo, el lanzamiento de libro. Corcobado, sin duda, es un gran lanzador de libros. Hay buenos y malos lanzadores de libros. Yo debería organizar un concurso de lanzadores de libros. Algún día lo haré. "Primer concurso internacional de lanzadores de libros". Habría que dejarse de tanto concurso de poesía y hacer más concursos de lanzadores de libros. Después de ver lanzamientos de libros, fuimos a comer algo a un bar de Malasaña. Había demasiada gente, pero algo comimos. M. tuvo la fortuna desafortunada de que una mujer que pasaba por la barra posase su larga cabellera sobre su plato, y parece que a M. no le gustó la degustación de pelo, porque ya no comió más. Así que nos cambiamos de lugar. En el otro bar, pedimos bebida y nos trajeron comida. Nos quitaron la comida y nos trajeron nuestra bebida. Bebimos. También estaba una amiga de L. que está visitando unos días Madrid. Mitad amiga, mitad familiar. De Argentina. Eso no tendría importancia, pero aprendimos expresiones en argentino para hacer todas esas cosas que la gente hace cuando cierra la puerta de su habitación. Más que nada nos lo contó porque deseaba cambiar de tema, ya que supimos que estaba harta de que la conversación siempre diese vueltas en torno a los libros. Dijo: "Desde que estoy en España no he escuchado más que hablar de libros. Puff.". A mí me encantó la frase. Me fascinó su impresión, que era lógica por lo que a ella la rodeaba. Pero me maravilló, porque nunca la imagen de este país fue vista con ojos similares. Me pareció tan divertido que casi me caigo de la silla. Yo insistí en que España era así, que la gente habla de libros sin parar. Que la gente no para. Y que aunque jugaba el Real Madrid partido de Champions, en Madrid a nadie parecía importarle y todos llenaban los bares hablando de Foster Wallace, pero después de cara hacia fuera nos gustaba alimentar el tópico de que España era un país diferente, volcado en otros intereses. "Desde que estoy en España no he escuchando más que hablar de libros". Olé.

Al final, la gente se dispersó y cogió autobuses verdes, metros azules y coches rojos. Y cada uno volvió a casa, y quien pudo hizo esas cosas que en Argentina se llaman de forma diferente. Y quien no, se metió en la cama y abrió un libro, como suele ser costumbre en España. Y eso. En resumen. Eso. Así, que me acuerde.





32) He visto a Leonard Cohen. Debajo de su sombrero tenía un sueño que no recuerdo. Por cierto, ¿qué ha sido de los grandes sombreros de la literatura?

jueves 10 de septiembre de 2009

HE VISTO (1)

1. He visto un mendigo en la plaza de San Ildefonso. En realidad he visto a unos cuantos, pero hay uno que ha hecho algo diferente a todos los demás. El mendigo que yo he visto estaba metiendo una carta en una alcantarilla. Sí, en la alcantarilla. Como si fuese un buzón, la alcantarilla. He pensado que quizá otro mendigo en Barcelona se acercaría a una alcantarilla de la Plaza Cataluña a recoger esa carta. Como si fuese un buzón, la alcantarilla. ¿Qué habría escrito el mendigo en la carta? ¿Por qué decidió que el mejor lugar para introducirla era una alcantarilla? No lo sé. ¿Qué es lo que pretendía con ese gesto absurdo, tan lleno de misterio? Creo que durante mucho tiempo estaré pensando en el contenido de esa carta. Creo que algún día voy a escribir mi hipótesis sobre lo que contenía esa carta. Algún día lo haré. Pienso en la posibilidad de que esa carta llegue a mi buzón dentro de muchos años. Sería increíble. A partir de hoy, cada día, abriré el buzón con esa esperanza. Sostengo la absurda teoría de que esa carta contenía algo importante sobre mi vida, sobre la vida de todos. Absurda teoría, ya lo sé. ¿Y qué?

2. He visto a un chico y a una chica de quince años besándose en el interior de mi portal. Al verme entrar, se han separado, avergonzados. Me he fijado que la chica se miraba, cortada, las puntas de los zapatos. El chico intentaba mantener la cabeza más alta, pero se le veía el rubor en los ojos. He dicho: "Hola". Me han respondido tímidamente con otro hola. Al meterme en el ascensor he creído oír de nuevo sus besos. Una vez en casa, no he podido dejar de pensar en ellos dos. No he podido dejar de oír sus besos. Y sus risas. Y en que yo también hace tiempo besé de ese modo en los portales. Y por eso he estado a punto de ponerme en plan flashback nostálgico. Pero no lo he hecho. He preferido beberme una cerveza, ver una peli en el deuvedé, y pasar de todo. Será porque yo no soy un poeta. Vete tú a saber. Bah.



3. He visto a dos tíos de unos veinte años en una librería. Uno de ellos llevaba cuatro libros en las manos. El otro, le ha dicho: “¿Para qué cojones compras tantos libros? ¿Es que no tienes colegas o qué?”. El que llevaba los libros no ha dicho nada. En cambio, yo he estado a punto de acercarme al tonto a las tres, para decirle que esos dos libros era mejores colegas que él, y que siempre lo serían, porque él era un capullo. Pero después he visto que los libros que llevaba el chaval eran unos títulos horrendos y no he dicho nada. Sólo he pensado: “¿Es que ese chaval no tiene colegas o qué?”

4. He visto una nube que parecía la cara de Michael Jackson. Michael Jackson está en el cielo.




5. He visto a un tío que llevaba un pañuelo como el del escritor David Foster Wallace. Le he dicho: “Eh, tío, llevas un pañuelo como el de Foster Wallace”. Él me ha mirado sin comprender. Así que he seguido hablando. Le he dicho: “Tú no te cuelgues, eh, tú no nos hagas eso”. El tío ha vuelto a mirarme sin comprender, y después le he dado un abrazo. No sé si él ha entendido algo, porque no me ha respondido, pero también me ha abrazado con fuerza. Con mucha fuerza. Al separarme de él, le he visto los ojos temblorosos y enrojecidos. Puede que el tipo hubiese llorado. O puede que no.

No. No estaba llorando. Ni de coña. Porque la verdad es que no he hablado nada con el tipo, sólo lo he visto pasar. Pero es verdad que llevaba un pañuelo como el de Foster Wallace. Igualito. La forma y el color. Igual. Lo otro, lo demás, me lo he inventado. Lo he pensado mientras miraba el pañuelo. Ya ves. A veces me da por mentir. Pero puedo decir aquello que decían en El precio del poder. Lo puedo decir y lo voy a decir. “Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad”. Pues eso.

6. He visto, en mi entrada para el concierto de Leonard Cohen, que voy a estar sentado en la Puerta A Planta 2 Sector 13 Fila 17 Asiento 9. "I need you, i don't need you..."

7. He visto a una tía que se parecía a Julie Delpy cuando tenía veinte años, pero evidentemente no era Julie Delpy, porque si hubiese sido Julie Delpy con veinte años, yo me hubiese arrodillado y hubiese besado sus zapatos. Pero no era Julie Delpy. Sólo se parecía. Un poco. Que es mejor que nada. Después he visto a Julie Delpy en Mala sangre de Leox Carax. Y después me he acordado de otra peli de Leos Carax, Los amantes del Pount Nef. Y de una frase que decía Alex, el prota de la peli. Decía: “Hay que llenarse los ojos de cosas para poder soñar por la noche”. No era Julie Delpy, pero me llené los ojos.



8.He visto a un chiflado que se ha acercado a una amiga mía en una terraza de La Latina. Después el chiflado se ha girado hacia mí y me ha dicho: “Se ve en la cara que eres mala gente. Mala gente como Shopenhauer y Spinoza. Eso es lo que sois todos. Unos hijos de puta. Y Nietzsche el primero”. Lo juro. Parecía como un loco estilizado, de película, pero era real. Lo juro. Mi amiga no daba crédito. Decía: "El ayuntamiento ha puesto locos de diseño en La Latina para darle más tono al barrio". Yo no me he extrañado tanto, porque desde siempre he atraído a los locos. A mí no me parece ni bien ni mal que se me acerquen los locos, mientras me dejen terminarme mi cerveza tranquilo y no me intenten abrazar.

9. Hablando de locos. He visto un documental sobre Robert Crumb y su familia. Después he vuelto a ver el documental de “El desencanto” sobre los Panero. Y he pensado en lo que se parecen los Crumb y los Panero. Y en que las familias desgraciadas también se parecen, diga lo que diga Tolstoi. Joder, qué listo parezco después de escribir algo así. Diga lo que diga Tolstoi. Ja. Vaya idiota. Pero lo cierto es que después de ver los dos documentales he pensado en poemas y en cómics. Y en todas esas familias de benditos chiflados. Y en lo salidos que estaban todos esos cabrones. Y en la delgada línea que separa a un poeta maldito de un maldito poeta. Y me he imaginado a Robert Crumb y a Leopoldo María Panero yendo por ahí de juerga con un servidor. Creo que no hubiésemos acabado muy bien la noche. Me imagino a los tres amaneciendo en comisaría. Me imagino a los tres, esposados y sentados en un banco. Panero, Crumb y yo. Qué fuerte. Y me imagino un poema de Leopoldo María Panero ilustrado con dibujos de Robert Crumb. ¿Qué hubiera salido de ahí? No lo sé. Puede que algo que no estuviera del todo mal. No lo sé.

He visto clanes de locos y me he encogido de hombros.




10. He visto una nube que parecía una nube que parecía una nube.

11. He visto, entre mis cosas, un cuaderno que tengo guardado hace años. Tengo varios apuntes en él y quedan unas hojas sin escribir. Y he escrito en ellas lo siguiente: “La primera condición para escribir un diario es no tener nada que decir de antemano. La segunda condición para escribir un diario es no llevar una vida demasiado interesante. La tercera condición para escribir un diario es que sea irremediable.” Después no se me ha ocurrido nada más y he dejado de escribir.

12. He visto en sueños a Federico García Lorca. Esto sí que ha sido la hostia. Yo no suelo soñar con escritores ni con celebridades de ese tipo. Lo más cerca que he estado de soñar con alguien famoso es un día que soñé con un doble de Elvis. Ni siquiera pude soñar con el verdadero Elvis. Sólo con el doble. Qué fuerte. Él tío se hacía pasar por el Elvis auténtico, pero yo sabía que era un doble, porque yo no sueño con celebridades. Pero hablábamos de Lorca. El sueño con Lorca ha sido para fliparlo. He soñado que Lorca estaba vivo y su cara tenía el mismo aspecto que en los años treinta. He soñado que Lorca era el encargado de dar el pregón inaugural del día del Orgullo Gay en la plaza de Chueca. Y daba el discurso en un balcón rodeado de lirios. Y después Federico estaba sobre una carroza, vestido con pantalones ajustados y camiseta de rejilla. Bailaba la canción A quién le importa al lado de Alaska. Iba detrás de la carroza de los osos. La suya era la carroza de los poetas gays. Y todo el mundo a su paso gritaba: "¡Lorca! ¡Lorca! ¡Lorca!" Él saludaba con una mano y con la otra tiraba condones de colores a la gente. Se le veía feliz como un niño con zapatos nuevos. A mi lado estaba Luis García Montero pidiendo que Federico le lanzara condones y saludos. Decía: “Aquí, aquí, aquí” Y yo le decía: “Te vas a hinchar a follar, eh, cabroncete”. Y entonces García Montero se quedaba pensativo y después decía: “Tu me llamas, amor/yo cojo un condón”. Y después sonreía mucho y se le quedaban los ojos tan pequeños que parecía que le desaparecían. Y todos gritaban. ¡Lorca! ¡Lorca! ¡Lorca!



13. He visto cosas que vosotros no creeríais.

14. He visto muchas cosas, pero no he visto a los mejores cerebros de mi generación destrozados por la locura, porque no he visto a los mejores cerebros de mi generación y porque ya venían destrozados de fábrica. Y porque yo no soy Allen Ginsberg y punto. Aunque también sé aullar y tomar drogas. Pero he visto bastantes cosas estos días, incluso en sueños, y la verdad es que sigo igual que cuando no las había visto. No he aprendido nada de ellas. Nada. No he sacado ninguna lección. No soy más guapo ni más listo. Ni siquiera soy menos triste. No. Nada. Como estaba. Igual.

15. He visto una nube que parecía la cara de Thomas Pynchon. Y nunca he visto la cara de Thomas Pynchon. Hay que ver. Qué cosas, eh, tú.



(Continuará)

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